miércoles, 30 de enero de 2013

La monja alférez

La historia de hoy nos lleva hasta la España de finales del siglo XVI, aquella España enfrascada en el expolio de América en la que cualquiera que contase con una espada y un par de huevos podía ganarse la vida en el recién descubierto continente. La persona a la que dedicaremos unos minutos en esta entrada no contaba en un principio con ninguno de los dos requisitos, pero igualmente buscó su oportunidad más allá del Atlántico.

Catalina de Erauso
Catalina de Erauso, pues así se llamaba nuestra protagonista de hoy, nació en San Sebastian en el seno de una familia militar encabezada por su padre, el capitán Miguel de Erauso. Sus padres, aunque les doliera reconocerlo, pronto se dieron cuenta de que la pobre muchacha no era precisamente agraciada y de que, por si esto fuera poco, tenía un carácter bastante difícil de llevar; así que tomaron la decisión de internarla en un convento para ver si Dios era capaz de domarla.
Todo fue más o menos bien hasta que Catalina cumplió los 15 años, fecha en que debía ser ordenada como monja. La de Erauso andaba revuelta por aquellas fechas y, para más inri, tuvo una pelea con otra novicia que se atrevió a levantarle la mano... el resultado fue que el antiguo carácter de Catalina afloró y la novicia recibió una paliza, lo que le valió a nuestra protagonista un encierro forzado en su celda. En aquellos momentos de soledad, Catalina de Erauso decidió que no estaba hecha para la vida monástica, por lo que se disfrazó con ropas de campesino y se dió a la fuga.
Durante los siguientes años, Catalina vagó disfrazada de hombre por el norte de España utilizando los nombres de Alonso Díaz o Francisco de Loyola entre otros. Finalmente se dio cuenta de que su tierra natal nada podía ofrecerle ya, así que encaminó sus pasos hacia Sanlúcar de Barrameda, cruzando España de norte a sur para embarcarse rumbo a Ámerica.

Llegó a Perú armada con un nombre falso, una espada, un par de cuchillos y mucha mala leche. Allí, se puso a las órdenes de varios capitanes en  busca de fortuna hasta que, en el año 1.619, surgió ante Catalina (o Francisco, a gusto del consumidor) la oportunidad de demostrar su valía ante la corona: la Guerra de Arauco contra los mapuches chilenos.
En aquel conflicto, la de Erauso luchó con denuendo (pues era hábil con las armas) y consiguió prosperar hasta alcanzar el rango de alférez... pero su carácter seguía siendo difícil y era demasiado pendenciera incluso para los estándares de un soldado de la época. Tanto fue así que, en 1.637, Catalina se vió envuelta en una pelea que terminó con la mujer detenida y condenada a muerte por el propio ejército español.
Para evitar su ejecución, la de Erauso tuvo que reconocer ante el obispo de la zona que en realidad era una mujer y que, además, había pasado su infancia y juventud en un convento. El obispo no se fiaba un pelo, por lo que hizo llamar a una matrona para que examinara a Catalina, lo que dictaminó que era verdaderamente una mujer y que, además, era virgen.

Viajes de la monja alférez
Nuestra protagonista era pendenciera pero no tenía un pelo de tonta. Le soltó al obispo una milonga digna de Hollywood que culminó con el envío de Catalina de vuelta a España para ser recibida por el rey Felipe IV en persona, quien no sólo la permitió seguir utilizando su nombre y sus vestiduras de hombre, sino que además mantuvo su graduación militar.
Sus aventuras corrieron de boca en boca por toda la Europa continental hasta el punto de que el mismísimo Papa de Roma, Urbano VIII, la recibió en audiencia personal.

Tras una gira estelar por los territorios pontificios, Catalina volvió a América (concretamente a México), donde se estableció definitivamente en el año 1.630 para regentar un negocio de transporte de mercancías entre Veracruz y la capital del país. El negocio funcionó exitosamente durante 20 largos años hasta 1.650, cuando Catalina murió a la edad de 58 años dejando tras de sí una fantástica historia que corrió como la pólvora por la Europa del siglo XVII.

miércoles, 23 de enero de 2013

La "Asociación de Gente Muerta" de Uttar Pradesh

 La historia de Lal Bihari Mritak, un granjero indio de la región de Uttar Pradesh, es, cuanto menos, curiosa. Baste decir a modo de introducción que este hombre nació en el año 1.955, murió en 1.975... y volvió a nacer en 1.994.

Escudo de Uttar Pradesh
Durante veinte años, Bihari fue un hombre feliz; un granjero que dedicaba su vida al cultivo de sus tierras en una región en la que poseer un terruño en el que plantar algo era una auténtica bendición de Dios (o de los dioses, no olvidemos que esta historia sucedió en La India). El problema es que en el año 1.975, las necesidades económicas irrumpieron en la vida de Bihari como un elefante en una cacharrería y este se vio obligado a acudir al banco en busca de un préstamo. Una vez allí, plantado ante un oficinista elegantemente vestido, Bihari entregó sus papeles y el crédito le fue denegado porque, según los registros del banco, un difunto no podía solicitar financiación.

- Pero oiga, que no estoy muerto; que estoy aquí pidiéndole dinero.
- Ya, ya. De verdad que lo siento, ¿eh? Pero es que verá: lleva usted muerto bastante tiempo... lo raro es que no se haya enterado hasta ahora.

La conversación con el empleado de banca debió de ser completamente surrealista, pero gracias a ella y tirando del hilo que el oficinista le había puesto en la mano, Bihari descubrió que su tío había sobornado a un oficial del gobierno para que le declarara oficialmente muerto y poder quedarse así con la propiedad de sus tierras. Atónito, nuestro protagonista descubrió que estaba, efectivamente, muerto... al menos sobre el papel.

A partir de ese momento Lal Bihari se embarca en una lucha encarnizada contra el sistema para intentar atravesar el laberinto burocrático y demostrar lo evidente: dijeran lo que dijeran los registros, sigue vivo. En su cruzada particular, nuestro protagonista añade al final de su nombre la palabra Mritak (difunto) para mofarse de su destino y, en un par de vueltas de tuerca más, él mismo organiza su propio funeral y exige al gobierno una pensión de viudedad para su esposa.
Lal Bihari Mritak
En el mismo perido de tiempo, fundó la "Asociación de Gente Muerta" de Uttar Pradesh, destinada a encontrar gente que se encontrase en la misma situación que él y que quisiera luchar por volver a estar "viva". En sus inicios, dicha asociación dio con unas 100 personas oficialmente muertas sólo en el área de Uttar Pradesh pero, a día de hoy, cuenta con algo más de 20.000 miembros en toda La India.
Lo cierto es que al bueno de Bihari, lo del funeral y la pensión no le sirvió para mucho, así que decidió mostrarse a la opinión pública en todo su esplendor: se presentó como candidato a primer ministro en las elecciones de La India de 1.989 contra Rajiv Gandhi. Evidentemente perdió, pero todo el país pudo ver que aquel muerto estaba muy vivo y que, tras 15 años difunto, aún seguía con ganas de dar guerra.

Sea como fuere, Lal Bihari Mritak consiguió que la administración india diera marcha atrás y anulara su muerte en el año 1.994, pese a lo cual nuestro protagonista mantuvo su segundo nombre e intensificó sus actividades "post-mortem" luchando por los casos que había conocido en su asociación. En 2.004, Bihari culminó su lucha particular obteniendo un escaño Lal Ganj pero, pese al impulso que le daba su nueva posición, no pudo utilizar sus influencias para ayudar a la "Asociación de Gente Muerta", que sólo ha conseguido rescatar de la muerte burocrática a 4 de sus miembros.

miércoles, 16 de enero de 2013

Los sitios de Zaragoza (2 de 2)

Volvamos hoy al tema que nos ocupaba la semana pasada. El propio Napoleón definía a los españoles como “una chusma de aldeanos guiada por una chusma de curas”... pues bien: esa chusma le había dado donde más duele en Madrid y estaba poniendo las cartas sobre la mesa en el nudo de comunicaciones de Zaragoza.

Jean Lannes
Con la escabechina de Madrid, la derrota en Bailén y la soba que le estaban dando los maños en Zaragoza a los orgullosos soldados imperiales, el mismísimo emperador en persona se vio obligado a cruzar los Pirineos con un ejército y poner rumbo a la capital para intentar poner un poco de orden en aquel desmadre. Napoleón, como el gran militar que era, baja hasta Madrid zurrándole la badana a todas las tropas españolas que le salen al paso, pero con la que se ha liado en Bailén no tiene tiempo para detenerse a sofocar revueltas y le cede el mando de los ejércitos del Ebro a Jean Lannes, mariscal de Francia y hombre de su total confianza.
El 21 de diciembre de 1.808, Lannes se planta ante las puertas de Zaragoza con un ejército formado por 35.000, 2.000 jinetes y suficiente artillería como para volar la ciudad... pero Palafox había tenido tiempo para hacerse fuerte en la capital maña que, aunque no había finalizado su proceso de fortificación, contaba ahora para su defensa con 30.000 soldados del ejército regular a los que había que sumar los miles de voluntarios que resistieron el primer sitio y 160 cañones de diverso calibre. Aún así, aquel 21 de diciembre los franceses avanzaron con un tesón increíble tomando algunos territorios extramuros pese a la enconada resistencia y dedicando los siguientes días a levantar puentes y trincheras que sirvieron para establecer un cerco mucho más asfixiante que el usado en el primer sitio.
El bloqueo en torno a Zaragoza se fue intensificando a medida que los de Lannes tomaban palmo a palmo los reductos que se encontraban extramuros. Cada palmo de terreno era luchado hasta la última gota de sangre y el el combate casa por casa se convirtió en una constante en la que los franceses tropezaban una y otra vez, bien siendo acribillados por los fusileros o bien siendo degollados a filo de navaja por los batallones de voluntarios. Con todo, el mariscal de Francia consiguió tomar los barrios periféricos el día 15 de enero de 1.809, día en que cayeron los reductos de Triniteros y Santa Engracia dejando la resitencia confinada tras los parapetos de la ciudad.

Defensa de Santa Engracia
A partir de este momento, Lannes se decidió a no cometer los mismos errores en los que había caído previamente su compatriota Lefèvre: ordenó plantar sus baterías en los barrios que habían tomado extramuros y empezó un intensisísimo bombardeo sobre la ciudad que sólo se detenía para permitir las salidas puntuales de la infantería. Estas internadas implicaban siempre una lucha a brazo partido en las brechas del parapeto, un combate en el que los franceses se estrellaban una vez tras otra contra la feroz determinación aragonesa. Incluso del propio Lannes se dio cuenta de la carnicería a la que estaban siendo sometidos tanto sus hombres como los propios defensores; baste como muestra el extracto de uno de los informes que el mariscal envió a Napoleón y en el que decía:

"Jamás he visto encarnizamiento igual al que muestran nuestros enemigos en la defensa de esta plaza. Las mujeres se dejan matar delante de la brecha. Es preciso organizar un asalto por cada casa. El sitio de Zaragoza no se parece en nada a nuestras anteriores guerras. Es una guerra que horroriza. La ciudad arde en estos momentos por cuatro puntos distintos, y llueven sobre ella las bombas a centenares, pero nada basta para intimidar a sus defensores... ¡Qué guerra! ¡Qué hombres! Un asedio en cada calle, una mina bajo cada casa. ¡Verse obligado a matar a tantos valientes, o mejor a tantos furiosos! Esto es terrible. La victoria da pena."

La defensa se prolonga durante semanas hasta que, el día 21 de febrero, con la población mermada por el hambre y con el propio Palafox enfermo de tifus, Saint-Marq (el segundo al mando de Palafox) capitula ante los franceses. Para entonces, 43.000 zaragozanos han muerto defendiendo su ciudad casa por casa y calle por calle pero, aún así, los aragoneses salen orgullosos al encuentro de los franceses que les han obligado finalmente a rendirse mientras Zaragoza arde tras ellos por los cuatro costados.

miércoles, 9 de enero de 2013

Los sitios de Zaragoza (1 de 2)

La entrada de hoy nos lleva, una vez más, a aquellos años convulsos de la Guerra de Independencia española. El alzamiento del 2 de mayo en Madrid contra el dominio francés fue la chispa que prendió la pólvora revolucionaria de una nación que vivía bajo las suelas de Napoleón... pero Madrid no fue la única ciudad en presentar batalla. Vamos a dedicar unos minutos a repasar unos de los acontecimientos más representativos de aquella guerra: los sitios de Zaragoza.

José de Palafox
Los antecedentes que llevaron al alzamiento aragonés son los mismos que propiciaron la carnicería de Madrid, por lo que tomaremos como punto de inicio para nuestra historia la llegada a Zaragoza de las noticias de lo que había pasado en la capital.
En aquella españa de 1.808 en la que la gran mayoría de los españoles de a pie estaban más que hartos de la soldadesca francesa, la brutal represión de la revuelta madrileña sentó como una patada en salva sea la parte. Las ciudades empezaron a mostrar abiertamente su descontento llegando a producirse en Zaragoza un asalto en toda regla al Palacio de la Alfajería, cuartel de la guarnición de la ciudad, cuando el capitán de la misma se negó a armar a los civiles. El embate se saldó con el capitán encarcelado por afrancesado, la guarnición sublevada junto con sus conciudadanos y el pueblo alzado en armas; todo ello orquestado por José de Palafox, brigadier español prófugo de los franceses que había sido llamado a la ciudad al empezar el alzamiento.
En estas estábamos cuando el nuevo líder revolucionario decidió plantarse ante los gabachos y prolongar la sublevación más allá del asalto a la guanición. Ayudado por Antonio Sangenís (coronel de ingenieros), Palafox ordena la leva de tercios de voluntarios que son inmediatamente armados la Alfajería y la fortificación de la ciudad, que debe llevarse a cabo tan rápido como se pueda antes de que los franceses decidan contraatacar, cosa que sin duda harán más pronto que tarde.

Palafox no andaba desencaminado. Zaragoza era un punto vital para el aprovisionamiento de la fuerza de ocupación francesa, pues se encontraba en la encrucijada que unía Barcelona con Madrid y el País Vasco con Valencia, de modo que el 6 de junio de 1.808, 12 días después de la toma de la Aljafería,un ejército francés formado por 5.000 infantes respaldados por 3 escuadrones de caballería y 6 piezas de artillería se pone en camino desde Pamplona con orden de sofocar la rebeldía de aquel puñado de desarrapados que no superaban el número de 5.000 y que se habían puesto por voluntad propia bajo las órdenes de un prófugo como Palafox.

Palacio de la Aljafería
La tropa francesa avanza sin oposición hasta que el 12 de junio se encuentra en las inmediaciones de la localidad aragonesa de Alagón con un destacamento a las órdenes del hermano de Palafox. Los voluntarios están pobremente armados y carecen de instrucción militar, por lo que son escabechados rápidamente por los de Pamplona consiguiendo, pese a esto, retrasar el avance francés lo suficiente como para que, cuando el 15 de junio la columna gala se planta a las puertas de Zaragoza, esta ha sido fortificada (aunque pobremente) y el número de voluntarios asciende ya a 10.000.
Los cañonazos empiezan a medio día abriendo sendas brechas en las improvisadas murallas. Palafox ha huído con su plana mayor dejando a la ciudad huérfana de líder, pero los zaragozanos están decididos a resistir y nada ni nadie va a hacerles cambiar de idea. Los franceses se lanzan como lobos hacia las brechas confiando en que la resistencia sería mínima... no habían aprendido nada en Madrid sobre el precio de la arrogancia. Durante toda la tarde, los zaragozanos descargan artillería y fusilería contra los agujeros de la muralla practicando el tiro al gabacho. Sólo una columna de caballería es capaz de superar el bloqueo e internarse en la ciudad, pero la determinación aragonesa es grande y esconde un tirador tras cada esquina, por lo que la columna se ve mermada con cada paso que da hacia el corazón de la urbe hasta que, finalmente, un grupo de mujeres tira de las monturas a pedradas a los pocos que quedan para rematarlos a cuchilladas sobre el pavimento teñido de sangre. Los franceses, con el general de brigada Lefèvre a la cabeza, se retiran a toda prisa bajo una oleada de risas provenientes de las murallas. La tropa gala perdió en aquella jornada a 700 hombres y se vio forzada a huir en desbandada ante el escarnio general por culpa de la arrogancia de Lefèvre, que subestimó a los toscos habitantes de la capital aragonesa.

Durante los siguientes días, el ejército francés acordona la ciudad para cortar sus vías de suministros y la somete a bombardeo, pero las piezas de artillería son escasas y el cañoneo fracasa estepitosamente (nunca mejor dicho) dejando a los zaragozanos tiempo para reforzar sus defensas y construir nuevos parapetos. A todo esto Palafox, viendo la que se estaba liando en Zaragoza, reune un pequeño ejército y empieza a hostigar la retaguardia francesa llegando a combatir en algunas escaramuzas mientras los franceses se lanzaban una y otra vez contra las murallas de la cuidad siendo rechazados en todas las ocasiones.

Jean Antoine Verdier
El día 25 de junio, harto ya de la incompetencia de Lefèvre, el alto mando francés envía al general de división Jean Antoine Verdier con una importante cantidad de refuerzos para que se haga cargo del mando y solucione la papeleta de una vez por todas. Verdier, hombre versado en las artes de la guerra, toma los barrios que se encuentran extramuros de la ciudad y posiciona su artillería para intensificar un bombardeo que se prolonga hasta que, el día 2 de julio, el ejército francés lanza un ataque a gran escalasobre las castigadas posiciones españolas, que resisten con denuendo luchando a brazo partido para rechazar la nueva ofensiva. En este día irrumpe en la historia una de esas mujeres duras que contribuyen a dar forma a los mitos: Agustina de Aragón. El combate se estaba prolongando durante mucho tiempo y la tal Agustina decidió ir a llevarle algo de comida a su marido, que combatía en los parapetos. Cuando pasaba ante la puerta del Portillo, la mujer advirtió horrorizada que todos sus defensores habían caído en combate y que un batallón francés corría rumbo a la ciudad así que, lejos de dejarse llevar por el pánico, Agustina agarró la mecha candente que sostenía en las manos un español herido y prendió el cañón descargando una salva a bocajarro que le quitó a los franceses las ganas de volver a intentarlo y que, además, dio tiempo suficiente para que otros defensores llegasen a la puerta. Quiso la providencia que Palafox hubiera escogido también aquel día para volver a la ciudad con sus refuerzos, que acudieron en auxilio de los defensores rompiendo el cerco francés y barriendo las puertas desde fuera. Al final del día los franceses se batían en retirada. Zaragoza había resistido un día más.

Tomándose el sitio mucho más en serio esta vez, los franceses construyeron un puente de tablas para cruzar el Ebro y ampliar el cerco hacia el otro lado cortando la vía que comunicaba la ciudad con Barcelona. Las tropas de Verdier pasan el resto del mes de julio tratando de tomar los barrios extramuros de aquel lado, pero los defensores han aprendido la lección y obligan a los franceses a enzarzarse en una batalla sin final en la que deben tomar casa por casa pagando un precio altísimo en vidas por cada palmo de terreno. Aún así, la tropa gala consigue finalmente tomar los arrabales y emprende una última ofensiva cuyo comienzo queda fijado para el día 4 de agosto de 1.808. 
En aquella fecha y tras tres días de bombardeo ininterrumpido que consigue devastar partes enteras de la ciudad, el ejército invasor se abalanza en pleno contra las murallas aragonesas. Los españoles resisten derramando litros de sangre  sobre el suelo que pretenden defender, pero la ofensiva es nuevamente rechazada y los franceses se ven obligados una vez más a retirarse. En esa batalla, el propio general Verdier es herido de gravedad, lo que da el toque de gracia a la moral francesa al tener que tomar Lefèvre de nuevo el mando. El general de brigada mantiene el cerco establecido por Verdier, pero es incapaz de defenderlo correctamente y una salida de Palafox consigue atravesarlo trayendo a la ciudad víveres y refuerzos.

Resistencia de Zaragoza
Lo que debería haber sido un ataque fácil para sofocar una protesta de pueblerinos se había convertido en una pesadilla para Lefèvre, que estaba cagadito de miedo viendo la que se le venía encima tras la desastrosa derrota sufrida en Bailén aquel mismo mes de julio por las tropas de su colega el general Dupont. Los españoles se habían cansado de aguantar y habían decidido sacudirse de una vez por todas el yugo tricolor... mal asunto.
Con este percal, los zaragozanos deciden tomar la iniciativa y salen fusil en mano a recuperar lo que es suyo: en pocas horas toman los barrios extramuros de la ruta catalana dejando a los franceses aislados el sur del Ebro con su cerco roto. En la noche del 13 de agosto, Lefèvre ordenó levantar el cerco y poner pies en polvorosa rumbo a Pamplona con el hermano de Palafox pisándole los talones al mando de un destacamento que debía unirse a la junta revolucionaria de Navarra.
Entre tanto, los habitantes de Zaragoza se afanaban en reparar los parapetos y fortificaciones de la ciudad en previsión de un posible contraataque francés.
Lefèvre abandonó la capital aragonesa dejando tras de sí unos 3.500 cadáveres y 50 piezas de artillería. El bando zaragozano, por su parte, tuvo 2.000 bajas que sirvieron para sembrar la simiente revolucionaria en aquellos lugares de España que aún no se habían alzado contra el dominio napoleónico.

Aquellas 50 piezas de artillería recuperadas tras la batalla junto con los 8.000 fusiles que el gobierno británico envió a la ciudad (más que nada para meter el dedo en la llaga francesa) serían de capital importancia para el segundo sitio... pero esa es una historia que trataremos la semana que viene y que comienza con el mismísimo Napoleón cruzando los Pirineos para tratar de atajar la que se estaba liando en España.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

La reina del átomo

El día 7 de noviembre de 1.867 nacía en Varsovia una de las mentes más brillantes que ha dado la historia de la humanidad. Su nombre era Marie Salomea Sklodowska y entre sus logros se cuenta, entre otras cosas, el de ser la primera persona que ha recibido dos premios Nobel en dos disciplinas distintas: física y química. Hoy vamos a tratar de conocer a esta extraordinaria mujer recorriendo su biografía, hoy vamos a hablar de Marie Curie.

Marie con 16 años
Como ya hemos dicho, Marie nacía en la Varsovia ocupada por el Imperio Ruso. Fue la menor de 5 hermanos (todos ellos fruto del matrimonio entre Wladislaw Skoldowki y Bronislawa Boguska) y mamó desde niña la importancia de las ciencias en la formación humana, pues su madre era maestra además de pianista y su padre impartía clases de física y matemáticas. Sabiendo esto, no es de extrañar que Marie pronto destacara en el colegio imponiéndose a unos compañeros a los que dejaba atrás incansablemente... lo que sí es un poco más raro es el hecho de que a los 4 años de edad ya supiera leer perfectamente y a los 15 se graduase dominando 4 idiomas.
Al igual que todos los jóvenes polacos de esa época, nuestra protagonista fue educada en la fe cristiana, pero la trágica muerte de su hermana Zofia (con la que se llevaba 5 años) a causa del tifus, le hizo replantearse sus ideas y la llevó a abandonar el seno de la Iglesia convirtiéndose en agnóstica.

En el año 1.891, cuando contaba con 24 años de edad, Marie abandona su tierra natal y se traslada a Francia con el objetivo de matricularse en la prestigiosa Facultad de Ciencias Matemáticas y Naturales de la universidad parisina de La Sorbona. Allí, nuestra protagonista se encuentra por fin en un entorno en el que se mueve como pez en el agua: ya no destaca entre sus compañeros; es más, ahora debe esforzarse por ponerse al nivel del resto de la clase. Aún con esto, en dos años Marie sobrepasa una vez más al resto de sus compañeros consiguiendo la licenciatura de física con la mejor nota de su promoción. Un año después, en 1.894, se gradúa también en matemáticas siendo la segunda de su promoción y, aún más importante, conoce al que sería su futuro marido, Pierre Curie, también físico y con el que se casa apenas un año después tomando el nombre de Marie Curie.
Tras un idílico verano de luna de miel, Pierre y Marie vuelven a París con un único objetivo en mente: Marie debe conseguir el doctorado, lo que sólo había sido alcanzado antes por una mujer. El descubrimiento de los rayos X en 1.895 y de la radiactividad natural el año siguiente da a nuestra protagonista el tema perfecto para su tesis.

Encerrados en un cobertizo, Pierre y  Marie empiezan a ahondar en el aún cenagoso terreno de la radioactividad natural, obteniendo pronto resultados al descubrir que el Torio era capaz de producir radioactividad y que la uraninita (mineral que constituye la mayor fuente de uranio) era más radioactiva que el uranio propiamente dicho.
Pierre Curie
A partir de este descubrimiento, Pierre y Marie empiezan a trabajar aún con más ahínco tratando de aislar los elementos que forman la uraninita, lo que consiguen un par de años después con el descubrimiento de un nuevo elemento al que Marie decide llamar Polonio en homenaje a su tierra natal y de otro al que otorgan el nombre de Radio debido a su alto índice de radioactividad. Durante todo ese tiempo, los síntomas de la exposición a la radiación empiezan a mostrarse en los cuerpos del matrimonio: Pierre empieza a padecer una fatiga crónica que le obliga, en ocasiones, a guardar cama y, además, las llagas y quemaduras producidas por la manipulación de elementos radiactivos hacen acto de presencia dolorosamente… pero los científicos aún no eran conscientes de los peligros derivados de la interacción con elementos como el uranio y no le dan importancia a los signos físicos.
Finalmente, en 1.902 y tras manipular 8 toneladas de uraninita, Marie consigue extraer un gramo de cloruro de radio que presentará como tesis doctoral ante los científicos de La Sorbona y que le valdrá el doctorado cum laude.

La investigación llevada a cabo por el matrimonio Curie es recibida con gran entusiasmo en el círculo científico de todo el mundo. Pierre y Marie son invitados a un sinfín de actos y deciden poner sus descubrimientos a disposición de quien quiera consultarlos renunciando a cualquier patente. Un año después, los Curie son recompensados junto a Becquerel con el premio Nobel de física de 1.903, lo que reporta al matrimonio una sustanciosa cantidad de dinero para que puedan seguir con sus investigaciones. Pierre se afianza en su cátedra de física de la Sorbona y Marie sigue adelante con sus pesquisas en el inexplorado campo de la radioactividad… pero la calma no duraría demasiado tiempo: en 1.906 un carruaje atropella a Pierre Curie causándole la muerte.
Marie queda severamente afectada por la muerte de su marido, pero no solo no se deja morir sino que toma la cátedra que dejó vacante Pierre convirtiéndose en la primera mujer de la historia en dar clases en la universidad parisina. Aún con las horas que le ocupaba su nuevo cargo, Marie Curie sacaba tiempo para dedicárselo a sus investigaciones, que continuaron por buen camino durante cuatro años más hasta que nuestra protagonista consiguió aislar un gramo de radio puro mediante un sistema que puso en conocimiento de la comunidad científica renunciando, una vez más, a cualquier tipo de patente y gracias al que consiguió el premio Nobel de química de aquel año convirtiéndose así en la primera persona en obtener dos premios en dos categorías distintas.

Marie al recibir su primer Nobel
No pasaría mucho tiempo hasta que estallara la I Guerra Mundial, que asoló Europa desde 1.914 hasta 1.918 y en la que Marie participó activamente distribuyendo, operando y entrenando a otras personas para que usaran varios centros portátiles de rayos x que ayudaron enormemente a los cirujanos de campo en su trabajo cerca de las fronteras. En los albores de la radiografía, se estima que algo más de un millón de soldados se beneficiaron de las modernas técnicas llevadas hasta el campo de batalla por madame Curie.
Marie el 4 de julio de 1.934 en la clínica Sancellemoz de la Alta Saboya. Los años de exposición a la radiación la dejaron ciega y la aquejaron de una anemia aplásica (una enfermedad de la médula ósea) que se llevó su vida a los 66 años de edad. Aún así, Marie no dejó de ser pionera ni después de muerta: 61 años después de su muerte, los restos de nuestra protagonista fueron trasladados junto con los de su marido al Panteón de París, donde reposan desde entonces y donde se convirtió en la primera (y única) mujer en ser enterrada allí por méritos propios.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Bicoca y la importancia del arcabuz

Vamos a situarnos hoy en el corazón de la convulsa Europa  del siglo XVI, cuando los tercios españoles campaban a sus anchas por los campos de batalla del viejo continente. Ya por aquellos tiempos, franceses y españoles se las traían tiesas, así que Carlos V decidió unir sus fuerzas a las del Papa León X para expulsar a los galos de la Lombardía y repartirse la influencia de la zona a medias con la sede pontificia. De esta manera, los de Francia se encuentran en 1.521 con un montón de españoles, italianos y alemanes cabreados que llaman a las puertas de sus territorios con lanzas y arcabuces.

Próspero Colonna
El ducado de Milán (bajo mandato francés) se llevó la peor parte en las batallas que tuvieron lugar durante aquel conflicto.Próspero Colonna, líder de la fuerza italo-española, entra a sangre y fuego en el Milanesado poniendo bajo sitio una ciudad tras otra y provocando auténticas desbandadas en el ejército francés comandado por Odet de Foix, quien se ve obligado a retirarse a Milán en busca del refugio que pudieran proporcionarle sus recios muros de cara a pasar el invierno... el problema se presentó cuando los franceses descubrieron que a Colonna no le gustaba demasiado descansar en invierno: el 21 de noviembre, el italiano se planta frente a las murallas de Milán y lanza un ataque nocturno que desborda las defensas y acaba con de Foix huyendo hacia Cremona con el rabo entre las piernas.
Desde su refugio de Cremona, el francés lanza constantes ataques contra las líneas de suministros de Colonna, pero rehusa atacar frontalmente las posiciones ganadas por la fuerza italo-española. Ante esta muestra de "pánico escénico", los piqueros suizos que habían llegado en manada como refuerzo para las tropas francesas se suben a las barbas de Foix obligándole a lanzar una ataque que debe concluir con la recuperación de los territorios perdidos en el Milanesado... lo que habría sido un plan fantástico de no ser porque Colonna había previsto el movimiento francés.

Abandonando Milán, la hueste de Colonna se refugió en la mansión de Bicoca, cuyos aledaños fueron fortificados a conciencia dejando únicamente dos posibles accesos: una franja de 500 metros de tierra en el frente norte y un puente en el sur.
En la tarde del 26 de abril de 1.522, de Foix llega a Bicoca y envía a un destacamento de exploradores a investigar. Los jinetes ponen sobre aviso al francés de que aquello iba a ser muy complicado, pero los suizos están desatados por la inminencia de la batalla y obligan a Foix a ordenar el ataque para la mañana del día siguiente. En la mañana del 27 de abril, de Foix ordenó avanzar a los piqueros suizos hacia el frente norte de Bicoca. 

La fuerza helvética estaba compuesta por dos columnas (una de 4.000 hombres y otra de 7.000) que debían avanzar en formación compacta flaqueadas por cañones franceses cuya misión sería la de castigar los muros antes de que la infantería entrase en la fortificación. Desoyendo dichas órdenes, los suizos se mofan una vez más de Foix y avanzan a marchas foradas hacia las posiciones de Colonna dejando atrás a los soldados de artillería franceses.
Mercenario suizo
Los suizos avanzan sin oposición hasta que topan con el primero de los terraplenes preparados por los hombres de Colonna. En ese momento, 4.000 arcabuceros españoles dirigidos por Fernando de Ávalos, se alzan tras el parapeto de la muralla y empiezan a descargar un auténtico diluvio de muerte sobre los suizos. Estos, espoleados por sus capitanes, cargan a la desesperada sobre las posiciones italo-españolas, pero Colonna había apostado ante los piqueros a una línea de mercenarios alemanes que rechazaron sin demasiado esfuerzo las embestidas suizas.
Media hora después, los despojos del contigente piquero se retiraban en desbandada dejando tras de sí los cadáveres de 3.000 compañeros caídos. ¿El balance para el bando de Colonna? 1 muerto... y no por combate sino por la coz de una mula.
En el sur las cosas no fueron muy distintas: un contingente de caballería francesa consiguió llegar al puente y superar sus defensas, pero Colonna respondió con una maniobra envolvente de su propia caballería que habría acabado con la muerte de los jinetes franceses de nos ser por que su comandante avistó el movimiento italo-español y ordenó tocar a retirada.

La batalla de Bicoca supuso un duro golpe para los intereses franceses en la Lombardía, pero el golpe fue más duro aún para la infantería suiza, que descubrió en aquel campo que su táctica de picas en formación cerrada había quedado obsoleta frente a la abrumadora potencia de fuego de los arcabuces.

martes, 4 de diciembre de 2012

La Batalla de San Jacinto

Dejemos volar nuestra imaginación hacia la Texas de mediados del siglo XIX. En esta época, los aún jovencísimos Estados Unidos están sumidos en una miríada de luchas políticas en reivindicación de su indiosincrasia. Texas era por aquel entonces una provincia mexicana, pero los colonos que la habitaban eran de origen anglosajón y se sentían más identificados con los vecinos emergentes del norte que con sus propios gobernantes, lo que desembocó irremisiblemente en la Guerra de Independencia de Texas.

Santa Anna
El conflicto estalló oficialmente el 2 de octubre de 1.835 cuando, en protesta por una nueva constitución promulgada por los mexicanos, el "ejército" de Texas ocupó la ciudad de San Antonio. Esto no le hizo demasiada gracia al presidente de Mexico, Antonio López de Santa Anna, que cargó con todas sus fuerzas contra los rebeldes consiguiendo sonadas victorias en las batallas de El Álamo, Refugio y Coleto... pero no era suficiente con hacer huir a los despojos del ejército tejano: había que exterminar cualquier conato de rebeldía y eso pasaba por aplastar hasta al último soldado rebelde.
Con esta idea en mente, Santa Anna se pone al mando de sus tropas e inicia una incursión en territorio tejano en persecución de los soldados rebeldes comandados por Samuel Houston, al que dió alcance en las cercanías de la actual ciudad de Morgan's Point. Desde las márgenes del río San Jacinto, ambas fuerzas se miraban mientras los refuerzos llegaban poco a poco a uno y otro bando. El día 21 de abril de 1.936, Santa Anna contaba con unos 1.500 hombres mientras que la fuerza comandada por Houston rebasaba por muy poco los 900. El mexicano, confiado en que los de Texas no atacarían, ordena descanso y ni siquiera deja centinelas. Advirtiendo la total inactividad del campamento de Santa Anna, Houston convoca un consejo de guerra en el que deja claro que no se fía de la situación. En dicha reunión, los tejanos acuerdan dividir sus fuerzas: una parte de la tropa rodeará el bosquecillo en el que se refugian los mexicanos y destruirá un puente que hay en su retaguardia para cortar la retirada mientras Houston, con otro contingente, avanza a través del bosque y ataca por sorpresa.

A las 16:30, los hombres de Houston salen de la espesura descargando su fusilería contra el campamento de Santa Anna... pero no hay respuesta hasta que, algunas andanadas después, tímidas ráfagas empiezan a salir de las filas mexicanas cuando ya es demasiado tarde y los de Texas hacen una auténtica carnicería entre los mexicanos. ¿Qué ha pasado? Houston no se puede creer... hasta que le explican que la casi totalidad de la fuerza de Santa Anna (incluído él mismo) estaba durmiendo la siesta cuando se produjo la ofensiva y que los soldados mexicanos no se habían despertado hasta encajar las primeras ráfagas de fusilería.

La Batalla de San Jacinto se zanjó con un saldo de 9 muertos en el bando tejano. En el bando mexicano, las cifras fueron "algo" más altas: en torno a 800 muertos y heridos y casi 700 prisioneros, incluyendose entre ellos al propio Santa Anna lo que, al ser este presidente de México, le valió a Samuel Houston el fin de la guerra y la independencia de Texas.