martes, 11 de octubre de 2011

Tulipomanía, la burbuja de las flores

Viena, año 1593. El flamenco Carolus Clusius acepta un puesto de profesor de botánica en los Países Bajos y abandona su empleo en los Jardines Imperiales, de dónde se lleva una parte de los bulbos de tulipán que su colega Ogier Ghislain de Busbecq había traído a Viena desde Turquía 50 años antes.
Cuando llega a Holanda, Clusius empieza a cultivar los tulipanes en sus propios jardines y se da cuenta de dos cosas: en primer lugar, descubre que el suelo arenoso de los Países Bajos es extremedamanete bueno para el crecimiento de los bulbos. Acto seguido, cuando los primeros tulipanes empiezan a florecer, Clusius descubre sorprendido cómo cada bulbo es distinto del anterior y se enfrasca en el estudio de por qué no existían dos tulipanes cultivados en Holanda exactamente iguales.

Carolus Clusius
A día de hoy se sabe que este fenómeno es producido por un parásito endémico de los Países Bajos, pero en la Holanda del siglo XVII, donde la floricultura era un fenómeno en ciernes y donde la tenencia de flores exóticas era considerada un símbolo de poder, la noticia de los extraños bulbos del profesor Clusius no tardó en propagarse de boca en boca dando como resultado el robo de aquellos primeros tulipanes cultivados en tierras holandesas.

El cultivo y la venta se convirtieron en un negocio de lo más lucrativo. En 1623, se llegaron a pagar 1000 florines (el salario de casi 7 años de un holandés medio) por un sólo bulbo y se conservan incluso registros en los que se consigna el cambio de un tulipán por una lujosa mansión.
La locura por las flores estaba servida y fue en la década de 1630 cuando alcanzó su máximo esplendor. Los bulbos alcanzan precios exorbitados, llegándo a pagarse por uno sólo de ellos el precio récord de 6.000 florines... pero no todo iban a ser ganancias.
Con los beneficios rondando el 500%, llegamos al año de 1636 y una epidemia de peste bubónica arrasa con buena parte de la población de los Países Bajos. La falta de mano de obra asesta un buen golpe al comercio de tulipanes y el gobierno holandés ve en ello una oportunidad irrepetible para poner freno a la especulación reinante con un edicto que prohíbe el tráfico de bulbos a futuro. La jugada no les puede salir peor.

Semper Augustus
Pese a la prohibición gubernamental, las tabernas empiezan a convertirse en sede clandestina del windhandel (negocio del aire), un auténtico mercado sumergido en el que se compran y se venden activos que todavía no han llegado a cultivarse a cambio de florines que aún no han sido cobrados.
La población holandesa se hipoteca a cambio de promesas plasmadas en un papel y las letras de cambio firmadas por los cultivadores empiezan a tener más valor que el propio dinero. Pero al fin y al cabo, se había formado una burbuja que tenía que estallar.

En 1637 se produjo la última gran venta. A partir de ahí, el negocio de los tulipanes se convirtió en un mercado en el que todos querían vender pero nadie quería comprar. Esto no habría supuesto un problema (relativamente) si sólo la nobleza se hubiera comprometido en la especulación floral... pero la posibilidad de empeñarse a futuro dió a los holandeses de a pie la excusa perfecta para entrar en el mercado más lucrativo del momento.
Las letras de cambio se convirtieron en papel mojado. Los cultivadores se encontraban con que su producción se echaba a perder en los almacenes mientras que los compradores que habían pagado sumas enormes a cambio de un bulbo se veían con las manos vacías.
La bancarrota golpea con fuerza a las empresas y los partículares, llevando la economía holandesa a la quiebra en menos de 3 meses.

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