miércoles, 22 de agosto de 2012

Héroes del Holocausto

En este mismo blog se han dedicado infinidad de entradas a guerras y batallas que han causado miles de bajas. Hoy, vamos a cambiar un poco la "línea editorial" para poner en la palestra a esos guerreros sin fusil que, como Oskar Schindler, contribuyeron a la salvación de miles de almas durante el holocausto judío.

Irena Sendler (1.942)
Empezaremos nuestro viaje centrándonos en la historia de Irena Sendler. Esta mujer, enfermera de profesión, fue educada segús sus propias palabras para "ayudar de corazón a las personas necesitadas sin mirar su religión ni su raza"... y así lo hizo.
La invasión alemana de Polonia pilló a Irena enfrascada en su trabajo en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia, que se encargaba de gestionar los comedores sociales de la ciudad. Como era de esperar, el avance del Reich por territorio polaco hizo que el número de clientes de estos comedores creciera exponencialmente y, por lo tanto, que los recursos empezaran a agotarse rápidamente, pero Irena no se arredró: en lugar de sucumbir al desánimo, alentó a los que tuvieron la suerte de conservar sus posesiones para que hicieran donaciones gracias a las cuales los comedores sociales de Varsovia no sólo proporcionaban comida, sino también ropa, medicinas o inluso, en algunos casos especiales, dinero en efectivo.
En 1.940, los alemanes fundaron en Varsovia el ghetto más grande de Europa y empezaron a confinar a los judíos en él, utilizándolo como almacén de personas en su tránsito hacia los campos de prisioneros. Las condiciones de vida eran deplorables desde el primer momento y aún empeoraron más cuando, a finales de aquel mismo año, el gobernador alemán ordenó cerrar el acceso al guetto envolviéndolo con un muro de 3 metros de altura y limitando las raciones destinadas a los judíos a unas míseras 184 calorías diarias. En este marco, las enfermedades y los conatos de epidemia pronto empezaron a campar por las calles del ghetto... e Irena supo aprovecharse de la situación.
Cuando conoció las condiciones de vida a las que estaban siendo sometidos los judíos, Irena se unió al Zegota (Consejo para la Ayuda de Judíos) y consiguió acceso franco al ghetto mediante un pase sanitario proporcionado por los propios alemanes, quienes no querían entrar al recinto por miedo a las epidemias de tifus. Una vez dentro, nuestra protagonista se dedicó a hablar con las familias judías y ganarse su confianza hasta que consintieran en entregarle a sus hijos, a los que Irena sacaba del ghetto en ambulancias, ataudes, bolsas de basura o sacos de patatas para darles una nueva identidad y entregarlos en adopción a familias polacas que quisieran hacerse cargo de los niños hasta que sus familias fueran liberadas. Pronto, Irena comprendió que su labor no sería suficiente para salvar a todos los niños, así que consiguió pases para algunas de sus amigas, creando un pequeño "ejército" de voluntarias encargadas de sacar a los niños del ghetto y distribuirlos por Varsovia bajo un nuevo nombre.
A finales de 1.942, esta enfermera de Varsovia y sus chicas habían salvado la vida de 2.500 niños... pero su labor no terminaba ahí. Irena sabía que la distribución de los pequeños entre familias polacas era provisional pues, tarde o temprano, los niños crecerían y querrían recuperar su familia y su identidad, así que ideó un archivo en el que plasmaba los detalles de cada rescate, el nombre anterior del niño en cuestión, su nueva identidad y cuál era su familia de acogida. Todo fue viento en popa hasta que, en 1.943, la Gestapo empezó a sospechar de las actividades de Irena, quien, sabiendo que su detención era cuestión de días, guardó sus listas en frascos de vidrio y los enterró en el jardín de su vecina para que fueran a parar a las manos adecuadas en caso de que ella muriese.

Irena Sendler (2.005)
El día 20 de octubre de 1.943, Irena Sendler fue detenida por la policía política del Reich y recluída en la prisión de Pawiak. Los torturadores se emplearon a fondo con ella, pues era la única que conocía la identidad y ubicación de los niños a los que había conseguido sacar del ghetto. Aún así, Irena no se derrumbó, sino que soportó las torturas con estoicismo y no traicionó a sus niños.
Dando a los rescatados por perdidos, las autoridades alemanas ordenaron la ejecución de Sendler pero, mientras esperaba su hora en el "corredor de la muerte", un soldado alemán se la llevó para un interrogatorio adicional, traspasando los muros de la prisión y exhortándola a que corriese por su vida. Al día siguiente, Irena encontró su nombre en la lista de polacos ejecutados en Pawiak.
¿Se debe este acto al buen corazón del soldado?  Me temo que no. Los miembros de Zegota habían sobornado a una parte de la guarnición alemana para comprar la vida de su miembro más activo.
Cuando por fin terminó la guerra, Irena desenterró con sus propias manos los frascos que había enterrado en el jardín de su vecina y entregó las listas al director del recién creado "comité para la salvación de los judíos supervivientes", quien dio orden de empezar inmediatamente una investigación... lamentablemente, la mayoría de las familias originales de estos niños habían muerto en el ghetto o habían sido deportadas a distintos campos de exterminio.

Como nota curiosa, diremos que ninguno de los niños conocía a Irena por su nombre real, sino que la llamaban "Jolanta", su nombre en clave durante las operaciones en el ghetto, así que ninguno pudo agradecerle personalmente su labor... hasta que, años después, su cara salió en un periódico polaco y uno de sus antiguos niños, ya crecido, la reconoció. Así empezó un aluvión de llamadas y visitas de agradecimiento culminado con el reconocimiento de Irena Sendler como Justa y ciudadana de honor de Israel por el Yad Vashem de Jerusalén.
Nuestra protagonista murió en 2.008 en su Varsovia natal. Contaba con 98 años de edad y con el reconocimiento de todo el pueblo polaco, cuyo gobierno le entregó en noviembre de 2.003 la Orden del Águila Blanca, la más alta distinción civil de Polonia.

Dejando atrás a Irena Sendler, nuestro viaje continúa con la historia de Raoul Wallenberg, nacido en Kappsta (Suecia) el 4 de agosto de 1.912. Criado en el seno de una familia pudiente, Wallenberg viajó a los Estados Unidos en 1.931 para estudiar arquitectura en la Universidad de Míchigan, de la que se graduó en 1.935 para volver a Suecia. Una vez allí y tras varias aventuras laborales fallidas, nuestro protagonista empezó a trabajar en "The Central European Trading Cente", empresa regentada por un judío llamado Koloman Lauer al que, dada la situación política de entonces, le estaba vedado el acceso a ciertas partes de Europa, por lo que Wallenberg iba en su lugar a reuniones de negocios en no pocas ocasiones. Así, el sueco empezó a trabar contacto con los nazis y a comprender como funcionaba su nueva corriente de pensamiento.
Las cosas continuaron así hasta que, en el verano de 1.944, Wallenberg fue destinado como diplomático a la embajada sueca en Budapest. Por aquel entonces, nuestro protagonista ya llevaba mucho tiempo con la mosca detrás de la oreja: había hecho negocios con los nazis, cierto, pero desde la invasión de Polonia las relaciones se habían estropeado bastante. En cuanto puso los pies en suelo húngaro y vio con sus propios ojos las atrocidades que los nazis cometían sobre los judíos, Wallenberg se puso manos a la obra: empezó a entregar a los judíos de Budapest pasaportes que los identificaban como suecos en espera de repatriación. Estos pasaportes, evidentemente, eran falsos y no tenían ningún valor legal, pero su aspecto y el sello de la embajada los hacían pasar por buenos ante las autoridades alemanas de la zona.
Raoul Wallenberg
Viendo que no era suficiente, el sueco alquiló de su propio bolsillo varios inmuebles en la ciudad y alojó en ellos a centenares de judíos. Esto por si mismo no habría tenido ningún valor para el ejército alemán, que ostentaba la potestad de poder entrar donde quisiera y cuando quisiera, por lo que Wallemberg colgó de las fachadas de estos edificios carteles falsos que los identificaban como "Biblioteca de Suecia" o como "Instituto Sueco de Investigaciones".
Por si esto fuera poco, 2 días antes de la llegada del ejército rojo a Budapest, Wallenberg negoció con los jerifaltes nazis de la ciudad  la anulación de una orden de deportación masiva que debía llevar a centenares de judíos húngaros a los campos de exterminio. Al final de la guerra y ya en el terreno de la leyenda, se habla de que el diplomático consiguió también que fuera revocada la órden de destruir todos los ghettos de la ciudad antes de abandonar Hungría; esta historia no está contrastada pero, de ser cierta, la cifra de judíos salvados por Wallenberg oscilaría en torno a los 100.000.
Como ya se sabe, la historia no siempre es justa con los hombres de honor, de modo que cuando el Ejército Rojo entró en Budapest el día 17 de enero de 1.945, Wallenberg fue detenido y deportado a la prisión de Lubyanka, en Moscú, bajo cargos de espionaje que nunca han sido demostrados. La fecha de la muerte de Wallenberg es confusa, pues los informes fueron ocultados durante bastante tiempo por el gobierno soviético, pero la datación oficial sitúa el óbito el 16 de julio de 1.947.

En la misma ciudad y en la misma época pero a una escala algo menor encontramos al diplomático español Ángel Sanz Briz, que utilizó las mismas herramientas que Wallenberg entregando pasaportes españoles a los judíos y alegando que estos eran de ascendencia sefardí. Además de esto, Sanz Briz convenció al representante de la Cruz Roja en Budapest para que "decorase" las fachadas de sus hospitales y orfanatos con placas que los identificaban como sedes diplomáticas de la embajada española, con lo que contribuyó a salvar la vida de unos 5.000 judíos en la Hungría ocupada.

No sería justo dar carpetazo a este artículo sin hablar de los salvadores encuadrados en el corazón del propio eje. En primer lugar, hablaremos de Chiune Sugihara, cónsul de Japón en Kaunas (Lituania) cuyas órdenes consistían en informar al gobierno nipón de los movimientos de tropas que se produjeran en el frente oriental.
Haciendo caso omiso de la característica rigidez japonesa y, ya de paso, de las órdenes que había recibido, Sugihara se dedicó a conceder visados japoneses a los judíos de Kaunas. Dado que no podía hacer uso de las herramientas del consulado, el nipón pasaba unas 18 horas al día escribiendo los visados a mano y sellándolos bajo su propia responsabilidad para después repartirlos entre la multitud que trataba de huir hacia el este. Aún con el visado, para un judío era difícil salir del territorio ocupado y atravesar Rusia, por lo que Sugihara pactó con el bando soviético un permiso para que los judíos con visado japonés pudieran usar el transiberiano para atravesar su país en busca de un futuro mejor en China, Japón o incluso en la propia Unión Soviética.
A partir de este momento, Sugihara empezó a trabajar aún con más ahinco, generando en un día el volumen de visados estimado para un mes y arrojaándolos directamente sobre la multitud de judíos que esperaba junto a los trenes para ser deportados.
Es muy difícil determinar la cantidad de personas que se salvaron gracias a los visados japoneses de Sugihara, pero las cifras oscilan entre los 2.000 y los 10.000 judíos, lo que no le hizo ninguna gracia al gobierno japonés. Inexplicablemente, en lugar de ordenar su ejecución, el alto mando nipón le desplazó al consulado de Praga y, posteriormente, le obligó a dimitir de su cargo diplomático.

Hans von Dohnanyi
Por último, hablaremos de Hans von Dohnanyi, un salvador de judíos en el corazón de la Alemania nacionalsocialista.
Nacido en la esplendorosa Viena de 1.902, Dohnanyi pronto se trasladó a Berlín, ciudad en la que creció y estudió obteniendo un doctorado en derecho en el año 1.925. A partir de este momento, Hans empezó a trabajar como jurista y consejero de altos cargos, labor gracias a la que conoció a personalidades como Hermann Göring, Joseph Goebbels, Heinrich Himmler y hasta al mismísimo Adolf Hitler, que le dieron acceso a documentos legales clasificados como secretos y le pidieron asesoramiento en materia legal. Unido al régimen, Dohnanyi siguió granjeándose las simpatias del partido hasta 1.934, año en el que tuvo lugar la "noche de los cuchillos largos".Viendo de lo que eran capaces los nazis en su obsesión por el Reich, el austriaco se unió a la resistencia alemana y empezó a criticar públicamente al gobierno, lo que le valió el traslado forzoso a Leipzig en 1.938.
Desde allí, Dohnanyi contribuyó a la huída a Suiza de 14 judíos y confabuló junto a Fabian von Schlabrendorff y Henning von Tresckow para asesinar al propio Hitler. Las autoridades alemanas sabían del complot, pero no podían demostrar la participación en el conato de magnicidio, por lo que ordenaron la detención del austriaco bajo cargos de "violación de las leyes monetarias" y su posterior traslado al campo de concentración de Sachsenhausen, donde llegó en 1.944.
Poco después, el 20 de julio de aquel mismo año, se produjo en Wolfsschanze otro intento de asesinato contra el Führer que, esta vez sí, casi consigue acabar con su vida... el problema para Dohnanyi fue que las investigaciones posteriores consiguieron dejar en evidencia su participación en el atentado anterior, lo que le valió una pena de ahorcamiento que acabaría con su vida el 9 de abril de 1.945, dos semanas antes de la liberación del campo.

Estos son tan sólo algunos ejemplos de los que se alzaron como héroes del holocausto. Es cierto que, durante la II Guerra Mundial muchos hombres lucharon por destruir una raza a la que veían como animales... pero no es menos cierto que otros muchos hombres y mujeres actuaron con justicia, salvando a aquellos a los que consideraban no cómo judíos sino, simplemente, como seres humanos.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Seppuku

En este mismo blog, concretamente en la entrada relativa a la leyenda de los 47 rōnin, ya hablamos en su día del método por el que murieron estos samurais legendarios. Pues bien, esta semana vamos a centrarnos en el ritual y sus orígenes más que en las personas que murieron por su uso.

Preparación al seppuku
El seppuku (o harakiri) nace como parte esencial del bushidō, el código de honor que todo guerrero samurai debe seguir al pie de la letra. Podía acometerse de manera voluntaria para, por ejemplo, redimirse de alguna falta cometida contra el bushidō, o de manera obligatoria, es decir, como método de condena a muerte que permitá al reo conservar su honor y el de su familia. En estos casos, el condenado era puesto bajo la vigilancia de un daimyō (señor feudal) que le daba un periodo de gracia para que se practicase un seppuku "voluntario"; en caso de que al final de este periodo el reo no hubiera tenido los arrestos necesarios para morir con honor, el daimyō ordenaba su ejecución, lo que conllevaba el deshonor de su familia, que era despojada de todo su patrimonio llegando, en muchas ocasiones, a morir de hambre.
Como casi todo en el fuertemente estructurado Japón feudal, el seppuku también debía ser ejecutado en base a un ritual previamente establecido: antes de nada, el samurai que había decidido morir por seppuku bebía sake y escribía un último poema de despedida en el dorso de su abanico de guerra. Acto seguido, se abría el kimono y colocaba las mangas del mismo firmemente sujetas bajo sus rodillas para evitar caer hacia atrás el morir. Una vez hecho esto, el futuro cadáver enrollaba su daga en papel de arroz para evitar mancharse las manos de sangre, lo cual se consideraba deshonroso.
A partir de este momento, un asistente previamente seleccionado por el propio samurai se colocaba junto a él y se daba inicio al suicidio. El ritual completo consistía en clavarse la daga y practicar un corte horizontal de izquierda a derecha para luego volver al centro y cortar verticalmente hasta el externón, lo que desembocaba en un derrame más que probable del paquete intestinal y en una agonía que podía durar horas. Es por esto que el samurai pactaba con su asistente un gesto y, cuando ya no podía aguantar más el dolor, exigía de este que le decapitase.
El gesto pactado era en muchas ocasiones el simple hecho de amagar el primer golpe de daga, por lo que en numerosas ocasiones el practicante ni siquiera llegaba a clavarse el filo, sino que era decapitado por su ayudante a las primeras de cambio. No obstante, el honor del practicante de seppuku también se medía por lo lejos que había sido capaz de llegar el samurai antes de pedir la muerte, por lo que aquellos que conseguían llegar a practicarse el corte vertical eran respetados como hombres de la máxima honorabilidad.

Daga ritual
Hay que decir también que el seppuku no era patrimonio exclusivo de los hombres, sino que las damas de alta cuna también podían acogerse a él... sólo que en ese caso no era considerado seppuku sino suicidio a secas y la práctica era "ligeramente" distinta: la mujer se ataba con un cordel los tobillos, rodillas o muslos para evitar morir con las piernas abiertas y, acto seguido, se cortaba a carótida lo que, si bien no siguiendo un ritual tan estructurado como el del seppuku, en esencia venía a ser lo mismo.

Las condenas a muerte por seppuku fueron prohibidas oficialmente en Japón en el año 1.873 pero, lejos de alejar a la gente de esta práctica, el "romanicismo" que envuelve a este método de suicidio ha seguido ganando adeptos hasta nuestros días. Por poner un ejemplo, el archiconocido escritor italiano Emilio Salgari decidió morir por seppuku en Turín en 1.911, siendo el mismo el ejecutor sin ayudante y dejando atrás una carta en la que pedía a sus editores que se hicieran cargo de los gastos ocasionados por su entierro.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Colditz: el Oflag IVc

Construído en torno al año 1.083, el Castillo de Colditz es el monumento más emblemático de la Sajonia alemana no por haber servido como hospicio y hospital mental o como bastión del Sacro Imperio, sino por el uso que se le dio durante la II Guerra Mundial transformándolo en el campo de alta seguridad Oflag IVc, el primer y único campo alemán en el que los guardias superaban en número a los prisioneros.

Castillo de Colditz
El Oflag IVc fue reconvertido en una prisión de máxima seguridad reservada para oficiales y enemigos del pueblo considerados peligrosos por sus constantes intentos de fuga. Al estar poblado en su totalidad por "amigos del escapismo", la Wehrmacht dotó al Castillo de Colditz de un sinfín de medidas de seguridad que, junto a una inmensa dotación de carceleros, debían servir para mantener entre sus muros a los oficiales enemigos de alto rango capturados durante la II Guerra Mundial y para abortar cualquier posible intento de fuga. Las precauciones tomadas fueron tantas que incluso el propio Hermann Göring llegó a afirmar públicamente que Colditz era un bastión a prueba de fugas... pero las cosas no funcionaron exactamente como esperaba el líder de la Luftwaffe.
Como ya hemos dicho, el Oflag IVc era el más peculiar de los campos alemanes, pero no sólo por el número de guardias, sino por las características propias del encierro: en Colditz, la Convención de Ginebra se respetaba al pie de la letra, es decir, los intentos de fuga no eran castigados como en el resto de campos alemanes, en los que al huído le picaban el billete y echaban su cuerpo a una fosa, sino que se resolvían con un determinado periodo de tiempo en aislamiento. En segundo lugar, la dotación alemana estaba compuesta en su mayoría por veteranos de la I Guerra Mundial y muchachos que habían sido declarados no aptos para el frente; si a esto unimos que la Cruz Roja vigilaba de cerca en campo y que las raciones de los prisioneros eran, con mucha frecuencia, mejores que las de los carceleros, ya tenemos el terreno abonado para algunos de los intentos de fuga más ingeniosos e hilarantes de la historia.

Las fugas, al igual que la normativa del campo, también estaban reguladas por "pactos entre caballeros" mediante los que los prisioneros intercambiaban sus raciones con los guardias a cambio de que les permitieran salir a dar un paseo por el pueblo de Colditz bajo promesa de volver al castillo a una determinada hora e incluso se pactaba con los carceleros que herramientas se podrían utilizar y cuales no en los intentos de huída. La cosa llegaba a tal extremo que el teniente polaco Cenek Chaloupka tenía incluso una novia en el pueblo mientras que el oficial británico Pat Reid fue nombrado "oficial de fugas", una especie de intermediario entre presos que se encargaba de coordinar a las distintas nacionalidades del campo para que no estropeasen los intentos de huida de los demás.
Las tentativas de fuga eran constantes pero, aún así, los alemanes siguieron respetando escrupulosamente la norma de no dar boleto a ningún prisionero: durante todos los años de servicio del campo Oflag IVc sólo se produjo una muerte, la del teniente británico Michael Sinclair, que fue enterrado por los propios alemanes en el cementerio de Colditz metido en un ataúd cubierto con la bandera del Reino Unido en medio de una ceremonia militar con honores en la que se dispararon siete salvas.

El baile de huídas empezó con intentos frustrados en los que algunos prisioneros intentaron abandonar el castillo disfrazados de electricista, de mujer, de guarda o incluso caracterizados como el propio comandante del campo; pero el ingenio y la desvergüenza de los presos en materia de evasiones no había tocado techo aún. Baste decir a modo de ejemplo que los guardias recogieron tanto material para fugas que incluso organizaron un museo en el interior del campo en el que se encontraban, entre otros objetos igual de pintorescos, dos cabezas de arcilla esculpidas por prisioneros holandeses para sustituir a algunos de los fugados en los recuentos diarios que llevaba a cabo la Wehrmacht.

Castillo de Colditz
Otro intento de fuga se produjo cuando el oficial británico Peter Allan descubrió que los alemanes estaban trasladando colchones del castillo a otro campo. Sin perder un minuto, Allan vendió sus raciones a los guardias, se enfundó un uniforme de las Juventudes Hitlerianas, se llenó los bolsillos de marcos y se metió en un colchón que volvió a coser desde dentro. Los prisioneros franceses encargados de la mudanza notaron que uno de los colchones pesaba bastante más que el resto, pero como las fugas eran el pan nuestro de cada día lo cargaron con los demás y lo dejaron en una casa vacía del pueblo.
Unas horas después, Allan salió de su escondite y empezó a caminar por la carretera con la esperanza de alcanzar Polonia. Viendo su uniforme de las Juventudes Hitlerianas, un coche que pasaba por allí le recoge y el británico recorre 160 km sentado al lado de un oficial de las SS del que se despide en Viena, donde, tras nueve días, se queda sin dinero y decide entregarse para volver a Colditz.
Del mismo modo que lo hiciera Allan, dos oficiales polacos trataron de buscar su libertad descendiendo a rápel un muro de 36 metros con una cuerda hecha de sábanas... el problema es que, cuando llegaron al suelo, había un guardián alemán esperándoles para mandarles directos a aislamiento.

Al igual que en cualquier fuga que se precie, los túneles también tuvieron su parte de protagonismo en Colditz.
Uno de estos intentos corrió a cargo de los prisioneros británicos, quienes encontraron un pozo de mantenimiento oculto en el suelo del comedor que iba a parar al sistema de drenaje del castillo. Tras varios sobornos que valieron a los británicos sendas expediciones de exploración, estos decidieron que había que ampliar los túneles y se pusieron manos a la obra. Tres meses después, cuando el túnel había sido terminando, Pat Reid sobornó con 500 marcos a uno de los centinelas y se ocultó en el comedor cuando lo cerraron durante la noche para, un rato después, abrir la puerta desde dentro y dejar entrar a todos los prisioneros que habían sido seleccionados para la fuga. Los ingleses avanzaron por las alcantarillas hasta la salida tras las murallas del castillo... donde les estaban esperando los guardias alemanes; así que, viendo que habían sido descubiertos, Reid y los suyos estallaron en carcajadas y se entregaron gustosamente a sus carceleros.
Paralelamente un grupo de oficiales franceses llevaba a cabo un intento de fuga mediante túneles mucho más elaborado: en 1.940, los tenientes Cazaumayo y Paille consiguieron acceder a la torre del reloj (que se encontraba sellada) y descubrieron en su interior el hueco que había dejado un antiguo ascensor. Utilizando esta abertura, los franceses descendieron 35 metros hasta el nivel de los sótanos y, una vez allí, empezaron a excavar un túnel horizontal que debía llevarles más allá de las murallas del castillo.
Tras alcanzar los 4 metros, los prisioneros se encontraron con una pared de roca imposible de perforar, por lo que decidieron cavar en vertical para pasar por debajo del suelo de la capilla con una prolongación horizontal de 13 metros y medio. Para esta tarea, los franceses apuntalaron la estructutra con 7 vigas de roble de medio metro de ancho que cortaron con cuchillos de comer sustraídos a los alemanes.
Para cuando los guardianes empezaron a olerse la tostada, los oficiales franceses llevaban ya más de un año trabajando en su obra de ingeniería que, además de prolongarse durante 44 metros en horizontal a más de 8 metros por debajo del nivel del suelo, estaba alumbrado a intervalos regulares con luz eléctrica robada mediante empalmes de los cables de la capilla. Finalmente, el túnel fue descubierto por la guarnición alemana el 15 de enero de 1.942, cuando sólo faltaban 9 metros para su conclusión.

Túnel de la torre
A parte de los capturados en los túneles, 31 presos consiguieron escapar de Colditz durante la guerra, pero el intento más alocado se vió frenado por el fin de la misma.
Los pilotos Jack Best y Bill Goldfinch llegaron al Oflag IVc trasferidos desde otro campo y, nada más pisar el suelo de Colditz, empezaron a idear un sistema de huída: construyeron una pared falsa sobre el ático de la capilla y empezaron a trabajar en un planeador casero que les permitiera cruzar el río Mulde, 60 metros más abajo. El aparato estaba construído por tablillas de cama cubiertas de teja hervida en mijo para tapar los poros y dominado por una serie de cables eléctricos sustraídos de las dependencias que se encontraban fuera de uso. Best y Goldfinch llegaron incluso a trasladar a su taller clandestino varias mesas con las que improvisaron una pequeña pista de despegue pero el intento, como ya hemos dicho, quedó en agua de borrajas por la llegada de los aliados a Colditz.

Los constantes intentos de fuga llevaron a los alemanes a efectuar 4 recuentos diarios pero, aún así, los prisioneros encontraban tiempo para montar sus propios entretenimientos. En agosto de 1.941, los polacos organizaron las primeras olimpiadas del campo con pruebas de fútbol, voleibol, boxeo y ajedrez.
Además de esto, se organizaron también coros, orquestas e incluso bandas de guitarra, pero el pasatiempo preferido de los presos de todas las nacionalidades eran las representaciones teatrales, a las que se entregaban en cuerpo y alma llegando a estrenar una obra cada dos semanas.
Del mismo modo, los reclusos dedicaban gran parte de su tiempo a fabricar alcohol casero en alambiques ocultos por todo el campo, a aprender idiomas, a jugar al rugby o, simplemente, a fastidiar al los guardias trándoles excrementos y tratando de reventar los recuentos.

miércoles, 1 de agosto de 2012

La masacre de Múnich

En estas fechas en las que todo gira en torno al acontecimiento deportivo por excelencia, vamos a hablar de un hecho ocurrido, precisamente, en unos Juegos Olímpicos. El atentado al que vamos a dedicar la entrada de esta semana puso de manifiesto la endeble seguridad que rodeaba la villa olímpica durante los juegos celebrados en Múnich en 1.972.

En la noche del 4 de septiembre, los atletas de la delegación israelí volvían a la villa olímpica tras una salida nocturna por la ciudad. Algunas horas más tarde, concretamente a las 4:40 de la madrugada, otros ocho atletas saltaban el muro que rodeaba la villa con ayuda de algunos deportistas estadounidenses que creían que, como ellos, volvían a la residencia tras una larga noche de fiesta en los bares de Múnich. Lo que los americanos no sabían es que esos ocho atletas eran, en realidad, terroristas del grupo palestino Septiembre Negro y que sus bolsas de deporte estaban llenas de pistolas y granadas de mano.
Alojamiento israelí en Múnich
Obteniendo vía libre con inesperada facilidad, los palestinos alcanzan el ala israelí e intentan forzar las cerraduras para pillar desprevenidos a los atletas judíos... pero el intento es torpe y ruidoso. Moshé Weinberg, entrenador de lucha de 33 años, oye ruido tras la puerta de su apartamento y se abalanza contra ella armado con un cuchillo de fruta mientras da la voz de alarma. De igual manera, el luchador Joseph Romano agarra del arma de uno de los terroristas y forcejea con él hasta que es abatido de un disparo.
Este jaleo termina con la muerte de Romano y de Weinberg, pero permite la salvación de otros 17 atletas que pudieron escapar u ocultarse a tiempo. Finalmente, los palestinos se atrincheran tomando como rehenes a nueva atletas de la delegación israelí mientras exigen la liberación y traslado seguro a Egipto de 236 palestinos encarcelados.
La pretensiones de Septiembre Negro son claras, pero la respuesta del gobierno israelí también lo es: no habrá negociación bajo ningún concepto.

Tras cinco horas de secuestro y con la mediación de la policía alemana en colaboración con la delegación egipcia, los terroristas acceden a abandonar la villa y liberar a los rehenes bajo la condición de que se les garantice un transporte seguro hasta El Cairo.
A las 22:10 de aquel 5 de septiembre, dos helicópteros alemanes trasladan a los terroristas y a los rehenes hasta una base aérea cercana a Fürstenfeldbruck, a unos 25 kilómetros al oeste de Múnich. Un Boeing 727 de Lufthansa estaba esperando a los palestinos en el aeródromo para trasladarles a El Cairo, pero el dispositivo montado por la policía alemana era una auténtica chapuza y toda aquella historia acabó como el rosario de la aurora.

Las autoridades alemanas hacen creer a los secuestradores que los helicópteros van a aterrizar en un aeropuerto internacional cercano a Múnich pero, en lugar de eso, les llevan a una base aérea de mala muerte. Los de Septiembre Negro, que no son tontos, se huelen la tostada, pero como hay un Boeing esperando en pista, aceptan el tongo y bajan de los helicópteros en torno a las once de la noche.
Dos terroristas llegan hasta la base del Boeing y se dan la vuelta para indicar al resto que avancen con los rehenes. Cuando consiguen subir la escalerilla del avión, los palestinos se dan cuenta de que este está vacío y salen corriendo de vuelta a los helicópteros pero, a medio camino, el aeródromo se ilumina con bengalas y focos al tiempo que las autoridades alemanas dan orden de abrir fuego. Empieza la ensalada de tiros.

Placa conmemorativa
El perímetro de la base aérea estaba vigilado por cinco francotiradores que habían sido apostados en posiciones con clara visibilidad sobre la pista... pero que no carecían de rifles de precisión, teleobjetivos, dispositivos de visión nocturna e incluso radios que les permitieran coordinarse. A esto hay que sumar el hecho de que estos cinco tiradores "de élite" habían sido seleccionados a toda prisa porque practicaban el tiro deportivo en competiciones de fin de semana.
Con todos esto factores en la balanza, no es de extrañar que sólo fueran abatidos dos terroristas en la primera andanada; el resto consiguieron llegar a los helicópteros y, tras atar a los rehenes en el interior de uno de ellos, empezaron a disparar sobre la policía.
El tiroteo se prolongó durante una hora y, en medio de la confusión, uno de los terroristas saltó del primer helicóptero arrojando una granada de mano en su interior, lo que provocó la explosión del aparato y la muerte de 4 atletas israelíes y de uno de los pilotos. El resto de los rehenes fueron ametrallados en medio de la confusión mientras que dos miembros de Septiembre Negro fueron abatidos por la policía y otros tres fueron capturados con vida.

Al final de la noche el balance era de 17 muertos por herida de bala y explosiones.

Los Juegos Olímpicos de Múnich sólo fueron suspendidos durante un día. Las autoridades alemanas decidieron celebrar un memorial en el estadio al que asistieron 80.000 espectadores y 3.000 atletas pero en el discurso pronunciado durante el acto no se hicieron referencias explícitas al secuestro, sino que se habló constantemente de la fuerza del espíritu olímpico, lo que provocó cierto malestar en algunas delegaciones.
Tras el atentado, los atletas israelíes que quedaban en Alemania abandonaron Múnich envueltos en fuertes medidas de seguridad y seguidos, dos días después, por la delegación egipcia, que decidió volver a su país por miedo a posibles represalias.
Los alemanes, por su parte, aprendieron la lección y crearon una nueva unidad antiterrorista de élite para impedir que volviera a ocurrir algo similar.

A nivel internacional, el atentado de Múnich provocó un revuelo de mil demonios. La primera ministra de Israel, Golda Meir, exigió que el resto de naciones condenara públicamente los hechos y, a partir de este momento, se dedicó a dar caza a los responsables de Septiembre Negro.
El Mossad recibió orden de asesinar a todos aquellos sospechosos de pertenecer a la organización allá donde estuvieran .
El día 9 de septiembre, la fuerza aérea israelí bombardeaba las bases de la Organización para la Liberación de Palestina en Siria y Líbano dando inicio a una espiral de violencia que no se detendría hasta el asesinato con coche bomba de Ali Hasan Salame, el último miembro vivo de Septiembre Negro conocido por el gobierno de Meir. Este asesinato tenía lugar el 22 de enero de 1979 y daba carpetazo a más de seis años de caza... pero sembraba el odio entre los palestinos dejando la puerta abierta a la declaración de la Primera Intifada, si bien no puede considerarse como causa directa de esta.

miércoles, 18 de julio de 2012

Carlos de Austria

De todos es sabido que el casarse entre primos, tíos o lo que se tercie era el pan nuestro de cada día en las casas reales europeas del siglo XVI. En España, esta obsesión por la endogamia ha dado auténticas joyitas faltas de luces que, con el tiempo, se convirtieron en reyes catastróficos... pero lo del personaje que nos ocupa hoy clama al cielo.

Carlos de Austria
El día 8 de Julio de 1.545 nacía en Valladolid el primogénito de Felipe II con su primera mujer, María Manuela de Portugal. El rey Felipe, a sus 18 años estaba exultante y henchido de orgullo por el nacimiento de un varón que prolongara su estirpe pero las cosas cambiaron cuando, tan sólo cuatro días después del nacimiento del pequeño Carlos, la reina moría dejando al niño a cargo de su marido quien, a la sazón, era también primo por partida doble de la difunta.
Carlos de Austria se crió en compañía de sus tías y familiares más cercanos, pues los asuntos de la corona reclamaban la atención constante de Felipe II, quien pasaba largos periodos lejos de la península ibérica.
El niño, como buen Habsburgo, era fruto de la proverbial endogamia de la sangre azul y, si su abuela paterna (Juana la loca) ya traía "tara", él no iba a ser menos. Conforme avanzaba su desarrollo, el niño demostraba cada vez más a las claras que tenía muy poquitas luces y que, además, hacía gala de un carácter cruel, pues gozaba asando liebres vivas y cegando caballos en el establo real. La cosa llegó hasta el punto de que, a la edad de 11 años, ordenó azotar para su diversión y regocijo a una muchacha que, posteriormente, tuvo que ser convenientemente indemnizada por la corona.
Felipe II era perfectamente consciente de la crueldad de su hijo pero, quizá debido a su también deficiente desarrollo físico (tenía un hombro más alto que otro, una pierna más larga que la otra, el pecho hundido y una nada desdeñable joroba), achacaba estos desmanes a la frustración del crío, de modo que en 1.560 obligó a las Cortes de Castilla a reconocer al joven Carlos como heredero legítimo al trono.

Con 15 años el adolescente fue trasladado a Alcalá de Henares para dar inicio a una etapa universitaria que debía formarle de cara a sus futuros deberes al frente del gobierno. Su salud era bastante endeble y sufría continuas fiebres que obligaban a los médicos a desvivirse en tratamientos absurdos que no llevaban a ninguna parte pero que, al menos, mantenían con vida a Carlos. Esta etapa se prolongó durante dos años, hasta que el heredero cayó rodando por unas escaleras y se golpeó la cabeza quedando bastante tocado.
Los intentos para recuperar su salud fueron desde la medicina tradicional hasta los curanderos pasando por la religión, pues la momia de fray Diego de Alcalá fue sacada de su sepulcro y tumbada en la cama junto al joven agonizante en un absurdo intento por atraer la gracia del difunto al que, supongo, no le haría ninguna gracia que le arrancaran de su descanso eterno para tumbarle junto a aquel despojo... pero no nos desviemos del tema: finalmente, la cosa se saldó con una trepanación practicada por el médico de la corte que no sólo salvó la vida del joven Carlos, sino que además acentuó su carácter cruel y excéntrico.

Carlos de Austria
El chico tenía la cabeza regular pero, para bien o para mal, era el heredero al trono y debía ser educado como tal, así que su padre le nombró miembro del Consejo de Estado en un intento de que tomara contacto con las labores de la corona.
Corría ya el año 1.564 y Felipe II cada vez estaba más harto de las excentricidades de su hijo. Tratando de quitárselo de encima, la corona española llegó incluso a entablar negociaciones para casarlo con la mismísima María Estuardo... pero aquella alianza era demasiado importante y ya era vox populi que Carlos de Austria era un bobalicón de tomo y lomo, de modo que Felipe decidió no dejar semejante responsabilidad en sus manos.
Esto supuso un revés para la autoestima de Carlos, quien a partir de entonces redobló su interés por conseguir un objetivo que ansiaba desde hacía tiempo: el gobierno de los Países Bajos.

Carlos se burlaba constantemente de su padre e incluso trataba de desautorizarlo públicamente cada vez que tenía ocasión, pero Felipe aún miraba a su hijo con una cierta indulgencia y la cosa no habría pasado a mayores de no ser porque el príncipe le contó a su amigo Ruy Gómez de Silva que iba a emprender una huída hacia los terrotorios del norte para forzar a su padre a darle el poder. El problema es que Ruy no era tan discreto como Carlos creía y las noticias llegaron rápidamente a oídos del rey, que saldó el episodio con una nueva reprimenda que provocó nuevos desmanes como, por ejemplo, amenazas de muerte al Duque de Alba o la orden, emitida en 1.567, de quemar un edificio desde el que se habían lanzado aguas que le habían manchado.
A estas alturas, Felipe II ya había perdido todas las esperanzas depositadas en su primogénito, que seguía empeñado en ir a los Países Bajos.
Carlos le pidió a su tío, Juan de Austria, que le llevara a Italia para partir desde allí hacia el norte; Juan, como era de esperar, "perdió el culo" por ir a contarle al rey lo acontecido, pero el castigo habría quedado en nada de no haber sido porque el chico, del que ya hemos dicho que no tenía muchas luces, hizo partícipe al prior de Atocha de sus planes para asesinar a su padre y tomar el poder por las malas.
El día 18 de enero de 1.568 Felipe II, harto ya de las salidas de tono de su hijo, ordenó que este fuera recluído en sus aposentos y aislado del mundo exterior.

Viéndose acorralado, Carlos de Austria amenaza con quitarse la vida, por lo que Felipe ordena que le sean retirados todos los tenedores y cuchillos. Ante esta medida, el joven reacciona emprendiendo una huelga de hambre... en la que fracasa estrepitosamente.
Al darse cuenta de que no es capaz de imponer su voluntad, Carlos empieza a comer sin medida, dándose auténticos atracones en la intención de pasar su periodo de reclusión de la mejor manera posible, pero también en eso fracasa. En uno de estos banquetes pantagruélicos, Carlos de Austria muere reventado por dentro. Corría el año 1.568 y el futuro rey contaba con 23 años de edad.

miércoles, 11 de julio de 2012

Lingchi: la muerte de los mil cortes

Para la entrada de hoy dejaremos volar nuestra imaginación hasta la exótica China del siglo X para asistir a una ejecución llevada a cabo por uno de los métodos más imaginativos y crueles de la historia: el lingchi.

La muerte de los mil cortes estaba destinada a los reos acusados de crímenes de la mayor gravedad tales como el parricidio o la traición al estado. Cuando un acusado era encontrado culpable de alguno de estos crímenes, el juez firmaba su sentencia de muerte dando inicio a su calvario.
Ejecución por Lingchi (1.904)
En primer lugar, se plantaba un poste de madera en la plaza central del pueblo o ciudad y se ataba al condenado desnudo frente a sus vecinos. Acto seguido, los verdugos se posicionaban en torno al poste y empezaban a "filetear" lentamente al reo, cortándo finas rodajas de su carne en puntos no vitales hasta dejar al descubierto los músculos.
A continuación, los experimentados torturadores acometían la tarea de cortar el músculo dejando a la vista los huesos. Toda la operación debía llevarse a cabo con cuchillos excelentemente afilados y con precisión quirúrgica, pues era importante que el condenado permaneciera con vida durante todo ese tiempo, de modo que se procuraba completar el proceso sin afectar a ningún punto vital mientras se iban apilando ante los ojos del torturado los trozos de carne que los verdugos extraían.
En último lugar, cuando el reo ya tenía los huesos a plena vista y la tortura no podía prolongarse ni un sólo corte más sin provocar la muerte, los verdugos extraían un órgano importante y el cuerpo se colapsaba provocando el deceso.

Este método de ejecución puede parecer arcaico, pero se siguió utilizando en China hasta su abolición en el año 1.905. Durante todo ese tiempo el lingchi sirvió como una forma de "triple castigo" que involucraba la humillación pública de ser ejecutado ante la vista de todos, el terrible dolor de los lentos cortes y, por último, la creencia de que ningún reo ejecutado por este método podría obtener la paz en su vida espiritual, pues vagaría sin rumbo por toda la eternidad despojado de gran parte de su ser.

jueves, 5 de julio de 2012

Batalla de Platea

Para la entrada de hoy deberemos volver la vista de nuevo hacia el mundo antiguo, concretamente hacia la convulsa Grecia del siglo V a.C. Por aquel entonces, las hordas del imperio persa campaban a sus anchas por todo el norte de la Hélade con su emperador, Jerjes I, a la cabeza. Los orientales habían ganado el acceso a Grecia pagando un altísimo coste en las Termópilas, pero ahora Atenas era suya y sólo el Peloponeso se interponía entre Jerjes y el sometimiento total de los griegos. La imponente armada persa intentó conseguir el dominio marítimo en la batalla naval de Salamina... pero la flota aliada con los atenienses expulsados de su ciudad a la cabeza se impuso haciendo una escabechina en la armada imperial.
A estas alturas de la guerra Jerjes ya sabía de sobra como se las gastaban los griegos, de modo que se retira hacia Asia con la mayor parte de su ejército dejando a su lugarteniente Mardonio con una fuerza que Heródoto estima en 300.000 hombres y con la orden de aplastar la resistencia griega.

Grecia durante las Guerras Médicas
Viendo que la alianza helénica gana cohesión por momentos, Mardonio decide retirarse a Tesalia para pasar el invierno del año 480 a.C., momento que los atenienses aprovechan para recuperar su ciudad... pero el invierno no fue ni mucho menos ocioso para el general persa, que aprovechó el intervalo para reabastecer a su ejército y para idear la manera de crear disensiones entre las ciudades-estado que aún resistían en el Peloponeso.
En la primavera del año 479 a.C., Mardonio decide atacar el ego de los atenienses ofreciéndoles nuevos territorios y autogobierno con la condición de que se sometan a Jerjes. Los de Atenas escuchan la oferta persa sabiendo desde el principio que no la van a aceptar, pues insisten en que haya una delegación espartana presente en las negociaciones. Los persas, por su parte, cometen el error de enviar como emisario a Alejandro I de Macedonia, al que los griegos consideran un "semi-bárbaro" vendido al poder de Jerjes así que, como era de esperar, la oferta es despreciada.
Mardonio, a quien no le hace ninguna gracia el desplante de los griegos, avanza con su hueste y entra a sangre y fuego en Atenas tomando de nuevo la ciudad. Los atenienses se ven obligados a evacuar su hogar y a refugiarse, una vez más, en Salamina, desde donde empiezan a enviar embajadas en busca de ayuda.

Las ciudades empiezan a responder a la llamada ateniense, pero Esparta guarda silencio. Al fin y al cabo, ¿qué podía importarles a los lacedemonios la caída de Atenas? Leotíquidas II, rey de Esparta, se niega a mover ficha y los atenienses se impacientan cada vez más.
Afortunadamente para la coalición griega, la razón entra finalmente en la cabeza del lacedemonio y, cuando los últimos embajadores atenienses llegan a Esparta con un últimatum, son informados de que una fuerza de hoplitas espartanos está ya en camino para enfrentarse a los persas.

El general Mardonio había sido testigo en las Termópilas de lo que un grupo de espartanos bien comandados era capaz de hacer, así que cuando se entera de que Lacedemonia ha movilizado a la mayor fuerza de su historia... bueno, digamos que empezó a ponerse ligeramente nervioso. No obstante y como hombre de guerra que era, el general persa es consciente de que su infantería no tiene nada que hacer frente a la formación cerrada de las falanges griegas, de modo que se retira hacia Tebas en busca de un territorio más propicio para un arma en el que sí superaba con mucho a los helenos: la caballería.
Llegados a este punto, Mardonio ordena levantar un campamento fortificado a orillas del río Asopo; junto a una llanura que debe servir como campo de batalla.
Los griegos, conscientes a su vez de la superioridad persa en materia de unidades montadas, no están muy por la labor de pelear en la planicie, por lo que rodean el campamento de Mardonio y marchan campo a través por el monte Citerón hasta las proximidades de la ciudad de Platea, lo que coloca al ejército aliado en una posición elevada sobre el campamento persa. La batalla está servida.

Formaciones iniciales
En la ladera del monte Citerón y siempre hablando de las estimaciones de Heródoto forma una fuerza aliada de 110.000 griegos. En la planicie, en la otra orilla del río Asopo, la hueste persa está compuesta por 300.000 hombres de varias nacionalidades.
Estamos en el mes de agosto y el calor es sofocante a las puertas del Peloponeso, por lo que Mardonio quiere acabar con la molesta resistencia lo más rápido posible. Confiado en que los griegos abandonarían sus posiciones para bajar a la llanura, el comandante persa envía a la caballería para hostigar las líneas helenas. La consigna es sencilla: ataque fulminante y retirada relámpago; si los griegos quieren acabar con la caballería deberán bajar a buscarla.
La estrategia funciona y las primeras líneas griegas empiezan a ponerse nerviosas y a cargar contra los caballeros, pero la fortuna sonríe una vez más a las falanges, que consiguen alcanzar y dar muerte a Masistio, comandante de la tropa montada, antes de que consiga llegar a la planicie.
Al igual que ocurre con una serpiente, al decapitar la columna persa el resto de la tropa se desmorona y emprende una huída con rumbo a su campamento, lo que obliga a Mardonio a cambiar su política provocando un periodo de "calma chicha" que se prolonga durante 10 días.
Durante este tiempo la estrategia persa da un giro para centrarse en cortar las líneas de suministros griegas y su acceso a la única fuente de agua potable disponible en las proximidades, lo que consiguen con brillantez provocando la retirada de las falanges en la noche del décimo día.

El repliegue griego tendría que haber sido ordenado, pero pronto se convirtió en un caos. Dado el gran número de tropas involucradas en el movimiento y la oscuridad que lo envolvía todo, se produjo la situación de que las primeras líneas helenas habían llegado casi a Platea mientras los últimos contingentes (los espartanos y  tegeos) aún permanecían en la ladera del Citerón.
Al amanecer, Mardonio contempla la ladera del monte y piensa que los griegos han emprendido una retirada total, así que ordena a lo más granado de su infantería que parta en persecución de las falanges... pero la cosa no sale exactamente como el persa esperaba. Viendo el avance de la infantería, el campamento de Mardonio se desmanda y casi toda la hueste cruza el Asopo para cargar ladera arriba contra los griegos en retirada, quienes, sin pretenderlo, consiguen una posición ventajosa para recibir la embestida.

Desarrollo de la batalla
En este momento se produce lo que Mardonio temia desde el principio: un choque entre la infantería persa y las falanges griegas. Los asiáticos combatían con escudos de mimbre y lanzas cortas, protegiéndose como buenamente podían mientras las defensas de bronce de los griegos destrozaban las suyas y las largas lanzas de los hoplitas provocaban una auténtica carnicería entre las primeras filas.
Lo que debía haber sido una carga victoriosa degenera en una estampida con los griegos detrás tirando de xiphos (espada corta) y exterminando a la horda de Mardonio.
Debido a lo desordenado de la retirada griega, la batalla se desarrolló paralelamente en varios puntos, de modo que unos contingentes debieron soportar más presión mientras que otros ni siquiera llegaron a entrar en la refriega. Fueron estos últimos los que, henchidos de ardor por la victoria de sus camaradas, cargaron ladera abajo cruzando el Asopo hasta el campamento persa, donde pasaron por la espada a los pocos que aún resistían tras la empalizada.

Las cifras arrojadas por Heródoto, si bien deben ser tomadas con extrema cautela, hablan por si mismas. Al final de aquella jornada descansaban en la ladera del Citerón los cuerpos de 159 griegos y de 257.000 persas. Es decir, los griegos habían perdido el 0,14 % de sus fuerzas mientras que las bajas en el lado de Mardonio (él mismo incluído) ascendían a casi un 86 % del total de sus efectivos.
Con este balance no es de extrañar que los persas salieran de la Hélade con el rabo entre las piernas. Gracias a la intervención de las ciudades-estado griegas, la ambiciosa empresa expansionista de Jerjes quedó en agua de borrajas y Europa se vió libre, por el momento, del poder asiático.