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martes, 16 de abril de 2013

La orilla izquierda del Dniéster

Con el afán de conocer un poco mejor las circunstancias derivadas de la caída de la Unión Soviética, hoy vamos a emprender un viaje hacia Transnitria, una franja de “tierra de nadie” situada entre Moldavia y Ucrania que, pese a haber sido foco de conflicto hace relativamente poco (o quizá precisamente por eso), se ha convertido en uno de esos estados de Europa del este de los que nadie se ocupa y cuyo destino se la trae al pairo a la mayor parte de la comunidad internacional.

Ubicación de Transnitria
Nuestra andadura comienza en la década de 1.980. En esta época, las políticas liberalistas de Mijaíl Gorbachov estaban sembrando la simiente de una Unión Soviética abierta al mundo que la rodeaba mediante una serie de directrices que empezaban a dar sus primeros frutos. El problema es que toda política tiene un contrapunto, y estos fueron los movimientos nacionalistas que, alejados ya del férreo control estalinista, empezaron a cobrar fuerza en las repúblicas satélites.
En la República Socialista Soviética de Moldavia, el renacer nacional tuvo una buenísima acogida en todo el territorio salvo en una pequeña franja de terreno situada en el margen izquierdo del río Dniéster que, por caprichos del destino (o de los movimientos de población ordenados por Stalin, vaya usted a saber), contaba con una aplastante mayoría de población de origen ruso y ucraniano que aplastaba los sentimientos nacionalistas de los pobladores autóctonos. A pesar de esto, el gobierno central decide hacer oídos sordos a las reclamaciones de aquella región y empieza a promulgar leyes que alejan cada vez más al país de la órbita soviética: se instaura el moldavo como lengua oficial, se cambia el himno, se adopta el alfabeto latino en detrimento del cirílico y se elimina el apócope “soviética” del nombre del país, que pasa a llamarse simplemente República de Moldavia.
Esto constituye un insulto para los transnitrios que, el 2 de septiembre de 1.990, cogen el toro por los cuernos y se autoproclaman país independiente bajo el nombre de República Moldava Pridnestroviana. El nuevo país constituía sólo un 10 % del terreno de su antiguo dueño, pero por aquel entonces la economía de Moldavia era básicamente agrícola y las políticas industrializadoras soviéticas habían ido convertiendo durante años a Transnitria en una especie de polígono industrial gigantesco que generaba el 90 % de la energía que necesitaba la República Moldava para abastecerse, por lo que no es de extrañar que la proclama de independencia no le hiciera ninguna gracia al exsatélite soviético, que entró en una guerra extraoficial con Transnitria. ¿Extraoficial? Sí, porque ambos países eran tan recientes que ninguno de ellos contaba con un ejército propio digno de ese nombre, así que eran los policías y civiles de los dos bandos los que se daban cera día sí y día también en las zonas fronterizas mientras los pocos soldados disponibles se zurraban la badana.

Infantería transnitria cruzando hacia Moldavia
Esta guerra encubierta se mantuvo hasta mediados de 1.991, cuando la policía moldava detuvo en Kiev a la plana mayor del gobierno transnitrio. A partir de ese momento la cosa empezó a ponerse realmente seria y ambos bandos empezaron a reunir tropas que llegaron hasta los 30.000 efectivos en el bando moldavo y unos 25.000 en el transnitrio.
Los enfrentamientos se desarrollaron en ambas orillas del río Dniéster y sobre todo en los puentes que lo cruzaban, aunque la mayor parte de la acción tuvo lugar en torno a la ciudad fronteriza de Dubasari. Esta población se encontraba en territorio moldavo, pero contó con representantes de la autoridad transnistria hasta que uno de ellos, Igor Shipcenko, fue asesinado. Según la versión oficial el autor del crímen fue un adolescente... pero un gran número de voluntarios habían acudido a defender la independencia del nuevo país y no iban a contentarse con mirar como los aldeanos se apedreaban, así que acusaron a la policía moldava del asesinato de Shipcenko y un grupo de cosacos venidos del este asaltó la comisaría de Dubasari en medio de la noche. Los 26 policías que formaban la dotación de la ciudad se atrincheraron en el edificio y pidieron ayuda al gobierno central, pero el presidente pensó que rescatar a los policías a golpe de tanque le podía resultar un pelín molesto a los habitantes de la zona y que aquello podía degenerar en una masacre, así que ordenó a los atrincherados que se rindieran al mando transnitrio.
Viendo la posición en la que quedaban sus compañeros, el resto de policías del distrito de Dubasari tomaron cartas en el asunto y se concentraron en el pueblo de Cocieri, donde asaltaron un depósito de armas y se equiparon para echar de allí a los transnitrios a base de plomo, lo que consiguieron asegurando el pueblo y sus aledaños como fieles a la causa moldava.

A todo esto, el 14º ejército ruso también andaba por la zona haciendo de las suyas. El gobierno ruso estaba interesado en que el movimento nacional moldavo fracasase pero aún así su intervención militar en Transnitria puede dividirse en tres fases bien diferenciadas, una por cada general que tuvo el 14º ejército durante aquel periodo. El primero de ellos fue el general Yákolev, que apoyó abiertamente la causa independentista abriendo sus arsenales para armar a los rebeldes. Tanto fue así que el día 3 de diciembre de 1.991 renunció a su cargo como general para hacerse cargo del ministerio de defensa del recién creado país, lo que supuso la llegada del segundo de los generales: Yuri Netkachev.
Aleksandr Lébed
El nuevo general 14º ejército tenía claro que no iba a ser un mero sustituto de Yákolev, así que cambió la forma de actuar del ejército y cerró los arsenales declarando que su tropa debía hacer gala de una posición neutral. Su afán por buscar un acercamiento le impulsó a servir como mediador en las negociaciones entre Tiráspol (capital transnistria) y Chisinau (capital moldava)... pero la cosa se le fue de las manos y aquello acabó con una declaración oficial de guerra por parte de ambos bandos en junio de 1.992, lo que no gustó nada al alto mando ruso, que lo destituyó enviando en su lugar a Aleksandr Lébed.
La etapa del nuevo general al mando del 14º ejército puede resumirse con una frase atribuída precisamente a él mismo: “Le he dicho a los hooligans separatistas de Tiráspol y a los fascistas de Chisinau que o paran de matarse entre ellos, o voy y les disparo a todos con mis tanques”. Dicho y hecho: el 3 de julio de 1.992 a las 3 de la mañana, Lébed cruzó el Dniéster con sus tropas y arrasó a todas las tropas moldavas que había en la ribera dejando clara la posición rusa con respecto al conflicto y dándolo por zanjado de una vez por todas.

A día de hoy Transnitria es un estado sólo reconocido por la República de Abjasia, la República de Osetia del Sur, y la República de Nagorno Karabaj, es decir, que a ONU pasa del tema e incluso la propia Rusia se niega a reconocer la independencia que Lébed consiguió para los transnitrios. La sucesión de enfrentamientos fronterizos que propiciaron aquella secesión importante únicamente para transnitrios y moldavos dejó un balance que oscila en torno a las 9.000 bajas en cada bando.

jueves, 28 de marzo de 2013

La autocirugía como medida desesperada

A lo largo de la historia ha quedado demostrado que el cuerpo humano es una maquinaria casi perfecta que, llevando a los mandos el dominio de la mente, es capaz de llevar a buen puerto empresas a priori imposibles. Hoy, nuestro viaje nos lleva hasta los escenarios de varias de estas hazañas que tienen un componente común como punto de encuentro: la autocirugía.

Leonid Rogozov
Empezaremos hablando del caso más representativo de esta práctica como método de supervivencia. Leonid Rogozov era un aldeano nacido en una aldea siberiana tan remota que estaba más cerca de China que de la propia Moscú. En condiciones normales su destino habría estado en el campo, pero quiso el destino que Leonid naciera con una inteligencia extraordinaria que le llevó a graduarse con 19 años en el instituto de Minusinsk y a ingresar acto seguido en el Instituto Médico Pediátrico de Leningrado, donde obtuvo 6 años después un título en medicina general. Cuando hubo terminado la carrera de medicina decidió especializarse en cirugía pero, un año después, surgió en su vida la oportunidad de participar en una expedición al Ártico organizada por la unión soviética. Su mente inquieta (y las palmaditas en la espalda de los señores de la KGB, por qué no decirlo) le obligó a aceptar enrolarse en un viaje que le llevaría hasta fronteras casi inexploradas. Así, en el año 1.960, un joven Leonid de 26 años pone rumbo a la Antártida petate al hombro junto con otros doce investigadores tan entusiasmados como él mismo con la idea de pasar dos años de su vida en medio de la nada y pelados de frío.
Todo iba sobre ruedas hasta que, el la mañana del 29 de abril de 1.961, Leonid empezó a sentir unos fuertes dolores en el abdomen lo que, unido a otros síntomas, le llevó a autodiagnosticarse una peritonitis... nada grave de no ser porque él era el único médico de la expedición y porque, además, el punto de ayuda más cercano se encontraba a algo más de 3.000 kilómetros de distancia.
Al día siguiente, los dolores son ya tan fuertes que el médico se ve obligado a tomar una terrible decisión: dado que nadie está en condiciones de ayudarle, deberá operarse a sí mismo. Dicho y hecho: Leonid se recuesta en una silla delante de un espejo, pide ayuda al conductor de tractores y al meteorólogo de la estación para que le sirvan como un improvisado cuerpo de enfermería y se mete un chute de novocaína para anestesiar localmente la zona a tratar. Durante las siguientes dos horas, el médico se dedica a abrirse el abdomen y a hurgar dentro de su propio cuerpo, haciendo frecuentes pausas para descansar, hasta que quedó lo bastante satisfecho como para suturarse la incisión de 12 centímetros que se había practicado.
Leonid pasó un par de semanas convaleciente y, tras este periodo, retomó sus actividades normales en la estación antártica.
Cuando la historia llegó hasta la Rusia continental, caló tanto entre el pueblo llano que los gerifaltes soviéticos se vieron obligados a condecorar a Leonid con la Orden de la Bandera Roja del Trabajo... lo que no sirvió para licenciarle de sus trabajos en el frío hasta finales del año siguiente.

Al volver de la Antártida, Rogozov se doctoró en la universidad de Leningrado y empezó a trabajar en distintos hospitales hasta que, en 1.986, se estableció como cirujano jefe en el Instituto de Investigación Neumológica de Leningrado. Paradójicamente, Leonid moría en el año 2.000 víctima de un cáncer de pulmón que se lo llevó a la edad de 66 años.

Jerri Nielsen
El caso de nuestra siguiente protagonsista comparte numerosos paralelismos con el de Rogozov. Jerri Nielsen era una doctora estadounidense nacida en Ohio el 1 de marzo de 1.952. Durante años, trabajó duro hasta llegar a convertirse en una médico de prestigio que, cuando fue contratada para una expedición a la Antártida en 1.998, contaba con una dilatada experiencia en urgencias. Una vez allí, todo fue bien hasta que llegó la larga noche invernal durante la cual el equipo de investigación estaría físicamente aislado del mundo exterior durante 6 meses.
Fue en este periodo de tiempo cuando Jerri se detectó un bulto en el pecho. Temiéndose lo peor, empezó a hablar vía email y videoconferencia con varios colegas estadounidenses que, si bien trataron de animarla, le pidieron que enviara a casa el análisis de una muestra de tejido tan pronto como le fuera posible. Dicho y hecho: Jerri se practicó a si misma una biopsia y, luego, analizó el trozo de tejido que se había cortado al microscopio... pero el equipo que había en la estación antártica no era tan preciso como habría cabido esperar y los resultados no fueron concluyentes. Aún así, la historia de Jerri Nielsen llegó hasta los Estados Unidos y el gobierno se vió obligado a prestarle ayuda. No podían sacarla de allí en pleno invierno, pero sí podían arriesgar la vida de un piloto para que dejara caer sobre la estación un paracaídas con material médico. Con los nuevos instrumentos en sus manos, Jerri se practicó una segunda biopsia que, esta vez sí, arrojó resultados concluyentes: tenía cáncer.
Allí no había nadie que pudiera ayudarla y aquella no era su especialidad, pero ayudándose de médicos especialistas que la aconsejaron vía webcam, Jerri empezó a autosuministrarse un tratamiento de quimioterápia que se prolongó hasta que, en primavera, un avión pudo por fin tomar tierra para llevarla a suelo norteamericano, donde le fue extraído el tumor cancerígeno.

Desgraciadamente, el tratamiento llegó demasiado tarde y sólo pudo prolongar su vida unos  cuantos años más. Jerri murió en 2.009 víctima de una matástasis múltiple mediante la cual el cáncer que se había instalado en su pecho durante la aventura antártica se llevó su vida atacando otros órganos.

Bart Hughes
Como todas las experiencias extremas, la autocirugía también tiene sus "fans". Esta cuadrilla de imbéciles podría estar representada a la perfección por Amanda Feilding, una condesa británica metida a científica que, apoyando los postulados del "doctor" holandés Bart Hughes, pensaba que la solución para sus continuas fatigas estaba en la trepanación. Buscó durante cuatro años a un médico que se ofreciera a llevar a cabo la operación pero, como es lógico, ningún doctor medianamente respetable aceptó el trato así que, en 1.970, Amanda se plantó ante un espejo armada con un torno de dentista y se abrió un agujero en la frente que, según ella, debía permitir una mejor circulación intracraneal y llevarla a niveles de consciencia hasta entonces desconocidos. Al fin y al cabo Hughes ya lo había hecho antes... ¿por qué ella no?
Amanda no se quedó ahí. Con su flamante boquete nuevo en la frente, se presentó dos veces al parlamento británico liderando al partido "Trepanación para la Salud Nacional" que, como era de esperar, fracasó estrepitosamente.

miércoles, 20 de marzo de 2013

La guerra del emú

Hoy vamos a hablar de una de las guerras más descabelladas de la historia. Todo empezó cuando, tras la I Guerra Mundial, un sinfín de excombatientes australianos y de veteranos británicos se vieron sin nadie a quien matar y decidieron dedicarse al noble oficio de cultivar la tierra en las inmensas llanuras de Australia occidental. Hasta aquí todo bien, pero en 1.929 la Gran Depresión golpeó al mundo y las cosechas empezaron a caer por falta de inversión. Ante esta coyuntura, el gobierno australiano prometió a los granjeros numerosos subsidios para la mejora de los cultivos, por lo que los terratenientes invirtieron hasta su último dólar con la esperanza de que el gobierno cumpliera su palabra... el problema es que los subsidios nunca llegaron y, además, la superproducción de cereales derivadas de este hecho hizo que su precio cayera en picado, por lo que los años siguientes las siembras fueron cada vez menos generosas.
Emú en libertad
Así llegamos al año 1.932. En esta fecha, los granjeros no podían exprimir sus cosechas ni un ápice más y, por si esto fuera poco, el fenómeno anual de la migración del emú (unas aves parecidas al avestruz autóctonas de Australia) trajo consigo un número nada desdeñable de 20.000 ejemplares que campaban a sus anchas por los campos de cultivo picoteando lo poco que crecía en la tierra.
El problema era grande y los excombatientes no eran muy amigos del pensamiento racional, así que pidieron al ministro de defensa australiano que desplegara ametrralladoras en su territorio para disparar a discreción contra aquellos bichos. Una locura, ¿no? Pues no: el ministro aceptó con la condición de que las ametralladoras fueran manejadas por personal militar y de que deberían ser los propios granjeros los que alimentaran a los soldados desplegados en sus tierras. Así, el 2 de noviembre de 1.932, comenzaba la guerra del emú.

En un lado del campo de batalla, 20.000 pájaros picando el suelo; en el otro, un comandante y dos soldados en prácticas con un par de ametralladoras  Lewis... va a ser una batalla épica.

El día 8 de noviembre, 6 días después del inicio de la ofensiva, el comandante Meredith envía su primer reporte oficial al ministerio de defensa informando de lo evidente: sus hombres no han sufrido bajas, pero sus tácticas están demostrando ser ineficientes. En menos de una semana las Lewis han escupido 2.500 cartuchos y sólo han conseguido abatir un número que oscila entre los 50 y los 300 emús. Las emboscadas también han fracasado, pues en cuanto los pájaros oyen el primer disparo se dispersan corriendo asustados y no presentan un blanco en bloque... Meredith debe estar ciertamente desconcertado.
Ametralladora Lewis

La contienda se prolongó hasta el día 10 de diciembre arrojando un escalofriante recuento de 986 pájaros muertos con los 9.860 cartuchos disparados, es decir, que se necesitaron exactamente 10 cartuchos para derribar cada pájaro. La "guerra del emú" duró un mes y 8 días y en ella fue necesario disparar casi 10.000 balas para dar muerte a un 50% de los animales que habían arrasado las cosechas. Pero esperen, no se retiren todavía, que aún queda un último dato: ante el desastre en el que se había convertido aquella cacería, el ministro de defensa ordenó la retirada reconociendo la victoria de los emús sobre el ejército australiano. Como última pincelada, vamos a despedir el artículo con las palabras que el propio Meredith dijo en un irrisorio intento de justificar su fracaso: "Si tuviésemos una fuerza militar con la capacidad de absorver munición de estas aves, podría enfrentarse a cualquier ejército del Mundo. Afrontan las ametralladoras con la invulnerabilidad de un tanque, son como los Zulus, ni siquiera las balas expansivas pueden pararlas".

miércoles, 27 de febrero de 2013

El Blitz de Londres

Volemos hoy hasta el verano de 1.940. Por aquel entonces, el III Reich estaba en pleno apogeo expansionista; Hitler acababa de anexionarse Francia aplastándola bajo el puño de hierro de la Wehrmacht y el resto de la Europa libre temblaba ante la perspectiva de verse golpeada por la Blitzkrieg. Había llegado la hora de pasarse a la caza mayor; había llegado la hora de poner el punto de mira sobre Inglaterra... pero "la pérfida Albión" sabía defenderse y no le iba a poner las cosas fáciles a los alemanes.

Hermann Göring
A partir de Julio de ese mismo año la Luftwaffe decide ponerse manos a la obra para intentar golpear a los ingleses en las "partes nobles" de su ejército. El objetivo impuesto por los jerarcas nazis es conseguir la superioridad aérea en cielo británico y para ello los aviones de Hermann Göring deben esforzarse no sólo en abatir tantos pájaros de la RAF como sea posible, sino también en destruir sus bases y sus fábricas de suministros para que esos aviones no puedan ser repuestos y la Royal Air Force se desangre por puro agotamiento.
Tras algo más de un mes de bombardeo casi continuo, la fuerza aérea británica no daba más de sí y estaba al borde del colapso, pero el destino quiso que ocurriera un hecho fortuíto que cambiaría drásticamente el curso de la batalla de Inglaterra: el 24 de agosto unos cuantos bombarderos alemanes se desviaron de su rumbo y dejaron caer su carga sobre el noroeste de Londres. Los alemanes se disculparon inmediatamente por cauces oficiales, pero el alto mando británico no era partidario de aguantarle tonterías a nadie, así que envió una escuadrilla de castigo que tiró un par de petardos sobre Berlín al día siguiente. Realmente, ninguno de los dos bombardeos habían causado daños de consideración, pero Hitler era un acérrimo defensor del "y yo más", así que cambió la estrategia inicial de la Luftwaffe ordenando que los aviones del Reich atacaran objetivos civiles entre los que se encontraba Londres lo que, paradójicamente, liberó a la RAF de la presión a la que había estado sometida y la permitío renacer de sus cenizas para adquirir la importancia que más tarde tendría en el desarrollo de la II Guerra Mundial.

La nueva orden del Führer empieza a hacerse efectiva el día 7 de septiembre de 1.940 cuando, espoleados por el fanatismo de Göring, 300 bombarderos protegidos por 600 cazas penetran en el espacio aéreo de Londres. La capital inglesa no estaba ni de lejos preparada para semejante despliegue: tan sólo 92 cañones antiaéreos apuntaban al cielo londinense y, además, los radares y focos que los secundaban no servían prácticamente para nada. La Luftwaffen entró en Gran Bretaña como un cuchillo caliente en mantequilla y aprovechó esta circunstancia para repetir táctica aquella misma noche con la carga de otros 180 bombarderos. Afortunadamente, el fuego alemán iba dirigido principalmente contra la zona portuaria, por lo que la mayor cantidad de explosivos se concentró sobre la ribera del Támesis causando "tan sólo" unas 400 bajas y en torno a 1.600 heridos.
Bomberos entre las ruinas de Londres
Desde el inicio de la operación, una media de 200 bombarderos alemanes descargaron sobre Londres cada noche (sí, cada noche) dejando caer sobre la capital inglesa en unos dos meses una cantidad de más de un millón de bombas incendiarias y 13.000 toneladas de explosivos. El mando británico se afanó por mejorar las defensas de Londres, lo que consiguieron con notable eficacia dadas las circunstancias: 4 días después del primer ataque, los 92 cañones que protegían el espacio aéreo londinense se habían convertido en 184 armas antiaéreas que disparaban a discreción cada vez que veían un avión alemán. Aún así, las defensas seguían siendo débiles y los cazas de la RAF tenían una eficacia casi nula en el derribo nocturno de los bombarderos de la Luftwaffe, por lo que las bajas alemanas durante los dos primeros meses de ofensiva no superaron en ningún momento el 1% del volumen total puesto en el aire.
La superioridad aérea de la Luftwaffe era tal que en noviembre de 1.940 Hitler ordenó desviar  recursos desde Londres hacia áreas industriales como Liverpool, Southampton o Mánchester lo que, si bien diversificó los ataques abriendo un arco de defensa mucho más amplio, liberó a la capital inglesa de la presión de las bombas. Mientras tanto, las defensas británicas seguían siendo terriblemente deficientes y los aviones del Reich armaban una ecabechina casi sin oposición allá donde iban... hasta los albores del año 1.941.

La cortina de fuego bajo la que había estado Londres había causado estragos entre los edificios civiles, pero no habían conseguido hacer mella en la moral de los británicos, que se mantenían firmes viendo como la RAF iba recomponiendo sus propios pedazos. En el citado año de 1.941, las cosas iban a cambiar. Los cazas británicos Bristol Beaufighter empezaron a convertirse poco a poco en la peor pesadilla de los aviones de la Luftwaffe a medida que las defensas inglesas iban cogiendo empaque; los números hablan por sí mismos: en enero de aquel año se derribaron aparatos alemanes mientras que en mayo fueron abatidos 124.
Por si esto fuera poco los preparativos de la Operación Barbarroja habían pillado a la Luftwaffe "con el culo al aire" y la ingente cantidad de recursos que demandaba el frente oriental obligó al alto mando alemán a levantar el cerco, por lo que el espíritu de Londres y, por consiguiente, de toda Inglaterra se mantuvo incólume entre un mar de ruinas.

Bristol Beaufighter
El daño material y humano infligido por Hitler a los británicos es innegable. Las estimaciones hablan de unos 43.000 civiles muertos, 139.000 heridos y un millón de casas destruídas durante aquellos siete meses de bombardeo ininterrumpido. La moral británica, por el contrario, salió enormemente reforzada tras el repliegue alemán mientras que la RAF, por su parte, había renacido con más fuerza que nunca para lanzarse de cabeza al conflicto que desgarraría la vieja Europa durante los años siguientes.

miércoles, 13 de febrero de 2013

La masacre de Katyn

Hoy viajaremos una vez más al conflicto más sangriento de la historia: la Segunda Guerra Mundial. En la antesala de la contienda, cuando los actores principales aún tomaban posiciones sobre el tablero de la vieja Europa, Polonia era un enclave estratégico coronado como escenario del primer acto mediante la firma del pacto Ribbentrop-Mólotov el 23 de agosto de 1.939. En base a este tratado de no agresión la Unión Soviética y el III Reich se repartían en dominio sobre el país, que perdía su autonomía convirtiéndose involuntariamente en espectador de primera fila, lo que no cayó demasiado bien entre los propios polacos, quienes se apresuraron en posicionarse hacia un lado u otro transformando el país en una caza de brujas entre bandos enfrentados.

Firma del pacto Ribbentrop-Mólotov
Una semana después de la firma del pacto, Alemania mandó al garete lo firmado con la URSS y entró a saco en Polonia utilizando la blitzkrieg para conquistar la mitad del país en un suspiro. Stalin, que tampoco era mucho de estarse quieto, entró desde el este como un elefante en una cacharrería, abriéndose camino hasta que consiguió que la Unión Soviética tuviera frontera terrestre con el Reich.
A partir de ese momento, los servicios secretos del NKVD soviético empiezan a hacer en su parte del pastel una de las cosas que más les gustaban: una purga. Su razonamiento era que, si Alemania había conseguido destripar el país en un mes, los ejércitos de Hitler debían haber recibido ayuda desde dentro. En base a esta suposición, decenas de miles de militares, policías e intelectuales polacos fueron deportados hacia gulags situados a lo largo de toda la frontera occidental de la URSS.

Pese a tomar el nombre de Katyn por el lugar en el que fueron hallados los primeros cadáveres relacionados con este hecho, la masacre se extendió entre el 3 de abril y el 19 de mayo de 1.940 por distintos campos de trabajo de Rusia, Ucrania y Bielorrusia.
La orden de ejecución masiva fue firmada por Stalin el 5 de marzo de ese mismo año y las fuerzas del NKVD comandado por Lavrenti Beria no tardaron en ponerse manos a la obra. Los prisioneros del campo de Kozielsk fueron conducidos en grupo al borde de fosas comunes y ejecutados mediante un tiro en la nuca, tras lo cual sus cadáveres eran apilados en filas de 500 cadáveres para dar paso al siguente grupo. Por su parte, los oficiales administradores del campo de Kalinin (actual Tver) siguieron un proceso mucho más metódico: los prisioneros llegaban en camiones al atardecer y entonces se daba inicio a una jornada de ejecuciones que duraba hasta el amanecer. Uno por uno, los reos descendían del camión y se dirigían a una mesa en la que se revisaban sus papeles para, acto seguido, entrar por propia voluntad en un edificio del que salían por la puerta trasera con una bala alojada en la cabeza. El edificio contaba con ruidosos ventiladores que amortiguaban el sonido de los disparos para que no asustaran al siguiente candidato a fiambre, lo que hacía la matanza mucho más fácil para los verdugos pero, aún así, estos no daban a basto. En la primera noche llegaron a Kalinin 390 prisioneros, por lo que los ejecutores solicitaron que la carga de prisioneros en los días sucesivos no superase los 250 hombres por noche.

Fosa común en Katyn
En poco más de un mes, cerca de 22.000 polacos fueron ejecutados en las inmediaciones de los distintos campos de trabajo a los que habían sido deportados tras la invasión alemana.

Con el final de las ejecuciones empezaron las especulaciones. Los nazis destaparon el asunto con la intención de usarlo como propaganda contra la URSS mientras, por su parte, los soviéticos negaban la mayor diciendo que todo aquello había sido cosa de los alemanes... los polacos no podían afirmarlo a ciencia cierta, pero creían que había sido un genocidio pactado entre ambos bandos. Sea como fuere, lo cierto es que con la desclasificación de documentos soviéticos llevada a cabo por el gobierno de Boris Yeltsin en 1.990 quedó al descubierto que la ejecución masiva había sido llevada a cabo por hombres del NKVD, pese a lo que aún hoy en día existen grupos comunistas empeñados en negar la evidencia y culpar a los nazis de los acontecido.

miércoles, 6 de febrero de 2013

La "bomba gay" y otras armas químicas

Pensemos por un momento que una nación quiere desarrollar un tipo de armamento químico no letal tan eficaz que le haga ganar guerras... ¿ya? Bien. Ahora imaginemos que el proyecto es asignado a un laboratorio de prestigio y que dicho laboratorio elabora un informe completamente descriptivo solicitando un altísimo presupuesto para llevar a cabo su propuesta. Por último, supongamos que la nueva arma química no letal desarrollada por las mejores mentes pensantes del laboratorio es una "bomba gay"; un dispositivo que debe explotar sobre las posiciones enemigas rociando a las tropas con un cóctel afrodisíaco que convirtiera a todos los soldados enemigos en homosexuales y les metiera en el cuerpo tanto vicio que, cuando sufrieran un ataque, estuvieran tan ocupados "jugando entre ellos" que ni siquiera pudieran defenderse... Tiene que ser una broma, ¿no? Pues no.

Esto sucedió realmente en el año 1.994. La nación de la que hablábamos es, ni mas ni menos, Estados Unidos y el laboratorio era el Wright de Ohio, vinculado estrechamente a la división de investigación de las Fuerzas Aéreas estadounidenses... pero esperen ustedes, que aquí no acaba la charada: en aquel mismo informe se definían también otras posibles armas químicas no letales que, en teoría, servirían para alterar el olor corporal del enemigo.
Llegaron a considerarse hasta tres planes estrella para llevar a cabo este último proyecto: la "bomba de sudor", la "bomba de halitosis" y la "bomba flatulenta". Todas las propuestas estaban basadas en la misma mecánica que debía utilizar la "bomba gay", por lo que la única diferencia estribaba en los síntomas causados por cada una de las armas.
En el primer caso, la bomba debía liberar hormonas que provocaran una sudoración excesiva en el enemigo. La segunda propuesta serviría para que al enemigo le oliera mal el aliento (arma terrible se mire por donde se mire). En cuanto a la tercera bomba... bueno, ya os podéis imaginar cual era su cometido.

Evidentemente, todos estos proyectos fueron rechazados de pleno por un comité de las Fuerzas Aéreas, pero esto no impidió que en 2.007, cuando el asunto salió a la luz pública, el proyecto de la "bomba gay" fuera galardonado con un Premio Ig Nobel (premio parodia del auténtico Nobel) otorgado por la prestigiosa universidad de Harvard.

A modo de curiosidad y si el lector está interesado en profundizar en el maravilloso mundo de los Premios Ig Nobel, se puede consultar en este enlace una lista de los ganadores de años anteriores y el motivo por el que les fue concedido tan distinguido premio.

miércoles, 23 de enero de 2013

La "Asociación de Gente Muerta" de Uttar Pradesh

 La historia de Lal Bihari Mritak, un granjero indio de la región de Uttar Pradesh, es, cuanto menos, curiosa. Baste decir a modo de introducción que este hombre nació en el año 1.955, murió en 1.975... y volvió a nacer en 1.994.

Escudo de Uttar Pradesh
Durante veinte años, Bihari fue un hombre feliz; un granjero que dedicaba su vida al cultivo de sus tierras en una región en la que poseer un terruño en el que plantar algo era una auténtica bendición de Dios (o de los dioses, no olvidemos que esta historia sucedió en La India). El problema es que en el año 1.975, las necesidades económicas irrumpieron en la vida de Bihari como un elefante en una cacharrería y este se vio obligado a acudir al banco en busca de un préstamo. Una vez allí, plantado ante un oficinista elegantemente vestido, Bihari entregó sus papeles y el crédito le fue denegado porque, según los registros del banco, un difunto no podía solicitar financiación.

- Pero oiga, que no estoy muerto; que estoy aquí pidiéndole dinero.
- Ya, ya. De verdad que lo siento, ¿eh? Pero es que verá: lleva usted muerto bastante tiempo... lo raro es que no se haya enterado hasta ahora.

La conversación con el empleado de banca debió de ser completamente surrealista, pero gracias a ella y tirando del hilo que el oficinista le había puesto en la mano, Bihari descubrió que su tío había sobornado a un oficial del gobierno para que le declarara oficialmente muerto y poder quedarse así con la propiedad de sus tierras. Atónito, nuestro protagonista descubrió que estaba, efectivamente, muerto... al menos sobre el papel.

A partir de ese momento Lal Bihari se embarca en una lucha encarnizada contra el sistema para intentar atravesar el laberinto burocrático y demostrar lo evidente: dijeran lo que dijeran los registros, sigue vivo. En su cruzada particular, nuestro protagonista añade al final de su nombre la palabra Mritak (difunto) para mofarse de su destino y, en un par de vueltas de tuerca más, él mismo organiza su propio funeral y exige al gobierno una pensión de viudedad para su esposa.
Lal Bihari Mritak
En el mismo perido de tiempo, fundó la "Asociación de Gente Muerta" de Uttar Pradesh, destinada a encontrar gente que se encontrase en la misma situación que él y que quisiera luchar por volver a estar "viva". En sus inicios, dicha asociación dio con unas 100 personas oficialmente muertas sólo en el área de Uttar Pradesh pero, a día de hoy, cuenta con algo más de 20.000 miembros en toda La India.
Lo cierto es que al bueno de Bihari, lo del funeral y la pensión no le sirvió para mucho, así que decidió mostrarse a la opinión pública en todo su esplendor: se presentó como candidato a primer ministro en las elecciones de La India de 1.989 contra Rajiv Gandhi. Evidentemente perdió, pero todo el país pudo ver que aquel muerto estaba muy vivo y que, tras 15 años difunto, aún seguía con ganas de dar guerra.

Sea como fuere, Lal Bihari Mritak consiguió que la administración india diera marcha atrás y anulara su muerte en el año 1.994, pese a lo cual nuestro protagonista mantuvo su segundo nombre e intensificó sus actividades "post-mortem" luchando por los casos que había conocido en su asociación. En 2.004, Bihari culminó su lucha particular obteniendo un escaño Lal Ganj pero, pese al impulso que le daba su nueva posición, no pudo utilizar sus influencias para ayudar a la "Asociación de Gente Muerta", que sólo ha conseguido rescatar de la muerte burocrática a 4 de sus miembros.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Operación Valkiria

La entrada de esta semana va a versar sobre un hecho que, de haberse consumado, habría cambiado el curso de la historia. Hoy vamos a hablar de la Wehrmacht contra Hitler, del poder militar contra el poder ejecutivo y del intento de asesinato del Führer y de toda su plana mayor.

Claus von Stauffenberg
A partir de 1.938, algunos altos oficiales de la Wehrmacht empezaron a ver con recelo la política expansionista de Hitler y, con el objetivo de evitar una  guerra a gran escala, planearon en secreto quitarse de en medio a la cabeza visible del partido nacionalsocialista. El caso es que, con las ideas ya bullendo en la cabeza de dichos oficiales, dos de ellos se dieron cuenta de que Gran Bretaña y Francia negaban la mayor al no estar dispuestos a entrar en guerra con el Reich emergente y, si no iba a haber guerra en Europa, no tenía sentido arriesgarse a atentar contra la vida de un monstruo político como Hitler. El plan se pospuso indefinidamente dado el enorme éxito conseguido por Alemania durante las primeras invasiones relámpago de 1.940 y se pensó en retomarlo en 1.941, cuando el Reich se embarcó en la Operación Barbarroja; pero los magníficos resultados obtenidos por el ejército en las fases más tempranas de dicha operación hicieron que la popularidad del Führer sufriera un repunte que desaconsejaba, una vez más, efectuar movimiento alguno.
No fue hasta el año 1.942 cuando los oficiales de la Wehrmacht retomaron el plan e incluso cometieron dos conatos de atentado (uno en Smolensk y otro en Berlín) que fallaron por culpa de los artefactos explosivos defectuosos. Llegados a este punto, el poder de Hitler era ya incontestable y los oficiales se habían planteado no sólo asesinarle sino también derrocar el régimen que había creado. Durante los dos años siguientes, el plan fue recabando apoyos cada vez más importantes a medida que el expansionidmo del Reich se veía frenado por las potencias aliadas, ya metidas de pleno en la II Guerra Mundial. No obstante, estas derrotas supusieron también una dificultad añadida a los planes del grupo de oficiales de la Wehrmacht, pues Himmler (por intermediación de la Gestapo) ya se olía la tostada y había aconsejado la comparecencia de Hitler únicamente ante sus hombres más allegados y en dos enclaves bien protegidos: la Wolfsschanze (guarida del lobo) y el Kehlsteinhaus (nido del águila).

Stauffenberg en Wolfsschanze
Así llegamos al 15 de julio de 1.944. Claus von Stauffenberg, uno de los oficiales golpistas, había sido ascendido el día 1 de aquel mismo mes a la categoría de jefe del Estado Mayor del general Friedrich Fromm (también golpista), lo que le permitía asistir a las reuniones privadas convocadas por Hitler en Wolfsschanze y dejaba a los de la Wehrmacht las puertas abiertas de par en par. Stauffenberg había acudido ya en dos ocasiones a las conferencias del Führer con una bomba oculta en su maletín, pero no la había activado por considerar que matar a Hitler no tendría sentido si con él no morían sus dos sucesores más probables: Himmler y Goering.
Aquel 15 de julio, como decíamos, las consecuencias eran propicias... o deberían haberlo sido si Himmler hubiera acudido a la reunión. Tras conocer esta ausencia, Stauffenberg se echó atrás y no detonó la bomba que llevaba en su maletín, pero un problema en las comunicaciones provocó que Fromm creyera que sí lo había hecho y ordenara la movilización de las tropas de la Wehrmacht en apoyo del nuevo gobierno militar que debía ocupar el cargo tras el derrocamiento del régimen nazi. Aquel intento de atentado quedó en una descomunal chapuza que Fromm camufló como pudo bajo un simulacro de alerta máxima pero, si la Gestapo ya venía viendo desde antiguo que allí pasaba algo raro, ahora el cerco estaba cada vez más cerrado en torno a la figura del brazo ejecutor: Stauffenberg.

Viéndose sin salida y sabiendo que las posibilidades de éxito de su plan peligraban con cada minuto que pasaba, Stauffenberg se puso en camino hacia Wolfsschanze aún sabiendo que la cúpula del partido no estaría allí para asistir a la que esperaba que fuera la última conferencia de Adolf Hitler.

Unos minutos después del mediodía Hitler dio inicio a la reunión, que debía celebrarse sobre una gran mesa forrada de mapas y en torno a la que se apiñaban varios oficiales de alta graduación además del propio Führer. Stauffenberg entró en la sala, dejó su maletín en el suelo junto a los pies de Hitler y abandonó la reunión excusandose en una llamada que debía recibir... pero la mala suerte quiso que uno de los asistentes a la reunión tropezase con la valija y la alejase del Führer colocándola tras uno de los pilares que sustentaban la enorme mesa.
A la una menos veinte de la tarde, el artefacto hacía explosión causando la destrucción casi total de la sala. Stauffenberg, convencido de que Hitler había muerto, se puso en contacto con Fromm para informarle de la noticia y abandonó Wolfsschanze para tomar un avión rumbo a Berlín, donde aterrizaría en torno a las 15:00. Entre tanto, las tropas de reservistas fueron movilizadas en Berlín mientras en Wolfsschanze reinaba la confusión y se iba desechando una teoría tras otra hasta llegar a aceptar la realidad del intento de golpe de estado. No obstante y pese a que Stauffenberg seguía manteniendo que Hitler había muerto, Fromm confirmó vía telefónica que la noticia no era cierta y cambió de bando, intentando arrestar al propio Stauffenberg en cuanto este puso los pies en la sede de los golpistas en Berlín. Dicho arresto fracasó debido a que el resto de participantes en la conjura se negaron a permitirlo.
A estas alturas de la película, Himmler ya había dado órdenes para detener la movilización de tropas, pero estas no habían llegado aún a la guarnición de Berlín, que rodeaba a sede ministerial de Joseph Goebbels, negandose a levantar el cerco pese a las órdenes de este. No es hasta las 7 de la tarde cuando Hitler se encuentra los suficientemente recuperado para llamar por teléfono al ministerio y ponerse en contacto con el mayor Otto Remer, comandante de las tropas que cercaban a Goebbels, ordenándole que levante el sitio y que ponga a sus soldados a trabajar para sofocar los últimos rescoldos de rebelión.

Sala de Wolfsschanze tras el atentado
Mientras todo esto ocurría en el ministerio, la sede golpista era un hervidero de peleas y traiciones de las que finalmente salió victorioso el general Fromm, quien ordenó ejecutar inmediatamente a los conjurados y se enfrascó en la ardua tarea de eliminar todo rastro de su propia participación en la intentona golpista... el problema es que no todo le salió tan bien como esperaba. Cuando llevaba ejecutados ya a varios excompañeros, un batallón de las SS se personó en el edificio con orden de parar las ejecuciones.
Conocedor de que Hitler no se iba a tomar la noticia nada bien, Fromm se presenta a la mañana siguiente en el Ministerio de Propaganda y le cuenta a Goebbels en presencia de Himmler que él ha sido el paladín que ha luchado contra los conjurados desde el interior de la sede golpista... como era de esperar, los jerifaltes no se creen una palabra y ordenan su arresto inmediato.

Si bien el atentado no tuvo todo el éxito que se esperaba, sí que tuvo consecuencias en la salud del Führer, que se vió afectado de una leve sordera crónica en su oído derecho y de una paranoia que le llevaba a tomar decisiones de modo errático e inconsistente. En cuanto a los participantes en el golpe, fueron fusilados o ahorcados durante los meses siguientes y, ya que estaban, los jerarcas nazis aprovecharon la ocasión para hacer una purga que acabó con la detención de unos 5.000 opositores al régimen y la ejecución de al menos 200 de ellos.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Camino a la libertad

La entrada de hoy trata sobre una de esas historias de superación personal que tanto nos gustan: la historia de Witold Glinski, un disidente polaco que, junto con un grupo de compañeros fugados de un gulag, desafió los límites de la resistencia humana en busca de la libertad.

Witold Glinski
Nuestro viaje comienza en la Polonia de los albores de la II Guerra Mundial. Por aquel entonces, el país de Witold estaba atrapado entre el innegable poderío de la Unión Soviética y la furia emergente del Tercer Reich... y a ninguno de estos dos poderes enfrentados les importaba un pimiento lo que pudieran pensar los polacos al respecto de su guerra encubierta, así que pactaron repartirse el país por zonas de influencia cayendo nuestro protagonista y su familia en la zona soviética.
La historia de Witold no habría sido muy distinta de haber sucedido en la Polonia "alemana": él, joven idealista que abominaba de la política imperialista, no estaba muy de acuerdo con el régimen de Stalin, así que la policía política soviética hizo su trabajo y le deportó a un campo de prisioneros en Siberia. Lo malo es que Witold era un chico listo y no le gustaba demasiado el ambiente frío que se vivía en el gulag, de modo que los 25 años de trabajos forzados a los que había sido condenado por disidencia no le parecían una perspectiva nada atractiva. Desde el mismo momento en el que puso los pies en el nevado terreno de Siberia, el joven polaco aprovechó su inteligencia para memorizar mapas y entablar relaciones de cierta confianza con los guardianes del campo. Del mismo modo, Witold Glinski supo esperar pacientemente a que se dieran las condiciones ideales para su fuga, que se produjo el 9 de abril de 1.941 en medio de una intensa tormenta de nieve.
Perfectamente consciente de que los guardias soviéticos no iban a abandonar sus barracones en medio de una ventisca como aquella, Witold corrió hacia la alambrada que marcaba los límites del campo aprovechando que la copiosa nevada cubría sus huellas. Una vez allí cavó rápidamente un pequeño túnel y se introdujo por debajo del alambre de espino para después correr hacia el bosque. Lo que nuestro protagonista no había tenido en cuenta era que, pese a que los guardias no habían advertido sus movimientos, otros presos sí que lo habían hecho y le habían seguido colándose por su túnel. Lo que un principio se había planeado como la fuga de un sólo hombre se transformó en cuestión de minutos en la carrera contra la muerte de siete prisioneros casi sin comida y nefastamente pertrechados.

Ruta seguida por el grupo
El destino del viaje era Mongolia, el país más cercano fuera de la órbita soviética. Con este punto final en mente, los reclusos se pusieron en camino desafiando al frío de la tundra hasta llegar al clima algo más benigno de la taiga. La primera etapa del viaje se prolongó durante meses hasta que los fugitivos llegaron a las orillas del lago Baikal dejando atrás los cadáveres de varios compañeros consumidos por el hambre y el frío. Allí encontraron a una joven polaca llamada Kristina Polansk, que había huído a los bosques cuando unos rusos habían matado a sus padres e intentado violarla. Witold la acogió inmediatamente bajo su protección: era una boca más que alimentar, sí, pero la frontera mongola estaba relativamente cerca y, casi con total seguridad, la chica moriría sin su ayuda.
Pese a las protestas del resto del grupo, Kristina se unió a la expedición y empezó a marchar con los fugitivos bordeando el lago Baikal hacia la línea del Transiberiano. La chica era de natural afable y pronto empezó a granjearse la amistad del grupo... pero las cosas nunca ocurren como uno desea: los pies de Kristina estaban plagados de numerosas heridas, pues había huído de los rusos descalza, y la gangrena empezaba a correr por sus piernas. Los componentes del grupo se turnaron para llevarla en una camilla hacia la libertad, pero el esfuerzo no fue suficiente y Kristina murió antes de alcanzar la tan asiada frontera. La muerte de la chica supuso un gran golpe para el ánimo de los fugitivos, pero no podían rendirse; no ahora que la línea del Transiberiano estaba casi al alcance de la mano.
Atravesando los bosques para no dejarse ver en las aldeas, el grupo alcanzó por fin la frontera con Mongolia y entró en el país que les garantizaría su libertad... o que debería habersela garantizado de no haberse convertido en un estado comunista satélite de la todopoderosa Unión Soviética. Rusia no era segura; Mongolia  tampoco... ¿ahora qué?

Después de que la soñada libertad se les escapase entre los dedos, el grupo de Witold estaba extenuado y con el ánimo por los suelos, pero habían iniciado un viaje sin retorno y la rendición suponía una muerte segura. Debían cruzar al siguiente país no comunista, India, y para ello debían atravesar China, que les planteaba dos obstáculos insuperables: el desierto de Gobi y la cordillera del Himalaya.

Witold Glinski en la actualidad
Con la abnegación de los que saben que no tienen otra opción, lo fugitivos que habían sobrevivido a las planicies heladas de Siberia empezaron a caminar por las dunas hirvientes del desierto. Al igual que allí les azotaban constantes ventiscas, aquí las tormentas de arena eran muy frecuentes y convertían su ya de por sí difícil huída en un tormento. Pornto, las provisiones que habían esquilmado en las orillas del lago Baikal empezaron a escasear y el agua empezó a convertirse en un bien más preciado que el oro.
En el corazón del desierto, las temperaturas cambian drásticamente en cuestión de horas pasando de los cerca de 40 grados bajo un sol de justicia a los -40 que contemplan las noches más frías de Gobi. Finalmente y con un par de bajas más a sus espaldas, el grupo consiguió alcanzar las estribaciones montañosas del Himalaya y, tras ellas, la frontera de La India, donde se entregaron en un puesto de guardia británico.

De los 7 miembros originales de la expedición (8 si contamos a Kristina), sólo Witold y 3 más habían conseguido alcanzar la libertad tras un viaje de 11 meses que había llevado a los aventureros a recorrer casi 7.000 kilómetros a pie.

jueves, 25 de octubre de 2012

Aktion T4: la respuesta nazi a los discapacitados

El día 1 de septiembre de 1.939, coincidiendo con la invasión de Polonia, el régimen nazi se quitó por fin la careta y se sacudió la pátina democrática con la que venía cubriéndose desde 1.933. En esa fecha, las altas esferas del partido iniciaron en secreto uno de los proyectos más demenciales del régimen: el plan de eutanasia Aktion T4, llamado así por el lugar donde se encontraba el mando central de la organización, el número 4 de la Tiergantenstrasse berlinesa.

Promoción de la "eutanasia"
El Aktion T4 fue publicitado como una medida de gracia del régimen nazi, que consideraba la situación de epilépticos, deficientes, discapacitados físicos y enfermos en general como "vidas indignas de ser vividas", por lo que abogaba por acabar con su existencia por pura misericordia y, por qué no decirlo, para ahorrarse el dinero que le costaba al estado mantener a estas personas. Así, la propaganda nazi emitía constantemente anuncios como el que se publicó en el Neues Volk, la revista de la oficina de políticas raciales del NSDAP, en cuya portada aparecía un discapacitado encuadrado por el texto: "60 000 marcos es lo que esta persona que sufre de defectos hereditarios cuesta a la comunidad alemana durante toda su vida. Conciudadano, ese también es su dinero."
Mediante estas agresivas campañas de propaganda se intentaba concienciar al ciudadano de a pie de que la eliminación de los "elementos antisociales" era intrínsecamente necesaria para el avance de la Gran Alemania que estaba resurgiendo de sus cenizas tras el varapalo sufrido en el tratado de Versailles.
Con Viktor Brack (Jefe de la Cancillería del Führer) como cabeza visible y August Becker a los mandos, el Aktion T4 pronto empezó a desarrollar sus actividades en seis centros repartidos por Alemania y la Austria anexionada: Grafeneck, Brandenburg, Bembur, Hartheim, Sonnestein y Hadamar. Los primeros pacientes en "beneficiarse" de este nuevo tratamiento fueron los niños, a los que se trasladó desde sus hospitales de origen hasta alguno de los centros para después ejecutarlos por asfixia, sobredosis de fármacos o, simplemente, por inanición. Una vez se completaron los primeros compases de esta fase "experimental", el resto de enfermos físicos y mentales empezaron a compartir la suerte de los menores.

Viktor Brack
Los médicos de la Alemania nazi mostraron un apoyo casi unánime hacia el programa a pesar de que este era secreto y de que el pueblo sólo sabía lo que se contaba en los afiches publicitarios, es decir, que cada discapacitado costaba al estado 60.000 marcos, no que se se les estuviera exterminando sistemáticamente. No obstante y dado que el programa era una frontal contra el propio pueblo alemán (eran discapacitados, sí, pero alemanes al fin y al cabo), no tardaron en salir a la luz numerosos casos de familias afectadas.
Estas familias a las que el Aktion T4 había cercenado uno de sus miembros recurieron a la iglesia en busca de ayuda, lo que produjo un aluvión de curas enardeciendo al pueblo desde sus púlpitos contra el Aktion T4, que fue cancelado inmediatamente por un gobierno temeroso, por primera vez, de la fuerza del populacho... el problema es que el programa fue oficialmente cancelado pero extraoficialmente ampliado: A partir del año 1.941, la sede de Tiergantenstrassese vuelve aún más hermética y se descentraliza el sistema dando potestad a los médicos para decidir quiér era digno de vivir y quién no lo era sin recurrir a trámites burocráticos. Los médicos (que, recordemos, apoyaban amplamente el programa) aumentan el ritmo de las ejecuciones cuidándose de mantenerlo todo en el más absoluto secreto. Tanto es así que, incluso durante la ocupación aliada, muchos médicos afines al régimen nazi siguieron administrando en sus centros la "eutanasia no consentida".

Al final de la guerra, los crímenes cometidos por la medicina nazi durante el periodo de vigor del Aktion T4 fueron juzgados por la comunidad internacional en los famosos Juicios de Nuremberg, concretamente en un proceso conocido como el juicio de los doctores en el que Viktor Brack fue condenado a muerte bajo cargos de genocidio y crímenes contra la humanidad.

miércoles, 17 de octubre de 2012

La batalla de Ramree

A finales de enero de 1.945 se daba el pistoletazo de salida a la batalla de la Isla Ramree, un terruño frente a las costas de Birmania que no le importaba ni siquiera a los soldados que la defendían pero que, por su situación, tenía un alto valor estratégico para el alto mando. Por esta razón los ingleses no escatimaron medios para la toma de la isla y enviaron a Birmania un fortísimo contingente de infantería respaldado por barcos y aviones de la RAF que bombardearon la costa de Ramree para que los soldados pudieran asegurar una cabeza de playa y efectuar el desembarco masivo de tropas. Los japoneses que formaban la guarnición asignada a Ramree opusieron una feroz resistencia, pero la expedición británica era tan poderosa que pronto consiguió separar en dos las fuerzas niponas dejando aislado en el norte de la isla a un grupo de unos 1.000 soldados. Entonces, los británicos atacaron la posición norte obligando a los pocos japoneses que allí quedaban a huír en un intento de establecer contacto con el resto del contingente nipón, situado 16 kilómetros hacia el sur.

Manglar
A partir de este punto de nuestra historia conviene que hagamos un pequeño ejercicio de imaginación y nos pongamos en la piel de uno de aquellos soldados japoneses: estamos en pleno febrero en una zona del planeta que se caracteriza por su clima tropical. Un calor asfixiante se une a la humedad que sale de los manglares contribuyendo al agotamiento que arrastramos por el más de medio mes que llevamos combatiendo contra los británicos y ahora, por si esto fuera poco, el alto mando nos pide que atravesemos a pie 16 kilómetros de pantano para reunirnos con nuestros compañeros.
Con cara de resignación y un reguero de sudor cayendo desde las sienes nos metemos en el manglar guardando la formación... pero el fondo es cenagoso, nuestros pies se enganchan constantemente en raíces y árboles hundidos y el agua nos llega por la cintura obligándonos a mantener el fusil en alto, por lo que el orden de marcha pronto se rompe y todo el contingente se disgrega en pequeños grupos que avanzan a duras penas. De pronto, se escucha un chapoteo y uno de los compañeros que marchan a unos 20 metros por la izquierda se hunde en el agua. Nadie sabe que ha pasado pero, unos segundos más tarde, el compañero emerge de nuevo con una raíz en la mano. Sólo ha tropezado y las risas de alivio se extienden entre los 900 soldados que formamos el contingente: estamos en el corazón del manglar y no tenemos intención de perder a ningún hombre. Un par de minutos después, otro chapoteo hace desaparecer a un artillero a nuestra derecha. Las risas hacen de nuevo acto de presencia, pero se van acallando a medida que pasa el tiempo y nuestro compañero no sale a la superficie. Empiezan entonces unos segundos de angustia en los que algunos se plantean bucear en su busca por si ha quedado atrapado entre las ramas del fondo... pero todo cambia cuando, en el sitio en el que ha caído nuestro compañero, sale a la superficie un borbotón de sangre que tiñe de rojo el agua parduzca del manglar.
El silencio que envolvía la marcha hasta ese punto se convierte entonces en una carrera alocada en la que cada uno hace la guerra por su cuenta. Los hombres que marchan en los flancos empiezan a correr hacia los bordes del manglar pero, en cuanto ponen los pies fuera de la zona pantanosa, los soldados ingleses los ametrallan. Nadie sabe que está pasando y la oscuridad es total, pero sea lo que sea que se esconde en el manglar, no puede ser peor que morir fusilado por la soldadesca británica... ¿o tal vez sí?

Cocodrilo marino
La cortina de fuego establecida por los ingleses nos obliga a regresar al cenagal. El agua nos llega ya por el pecho y avanzamos despacio, con los pies enganchándose en el fondo y sosteniendo el fusil por encima de la cabeza. El silencio es casi tan denso como la oscuridad, sólo rota de vez en cuando por el resplandor de una ráfaga disparaza al azar y seguida en la mayoría de las ocasiones por un chapoteo y una serie de chasquidos aterradores. Los hombres van cayendo uno tras otro y el olor de la sangre llena pronto el manglar de gritos. Los disparos se suceden en intervalos más cortos cada vez, pero no hay defensa posible y sólo podemos avanzar lo más rápido que podemos con la absurda esperanza de llegar de una pieza al final de aquellos malditos 16 kilómetros.
A nuestra espalda se oye un alarido y, al volver la mirada, vemos como "algo" emerge del agua llevándose al fondo al soldado que marcha dos puestos por detrás de nosotros. El pobre desgraciado sale a la superficie braceando y gritando como un loco solo para que (por fin podemos verlo con claridad) un cocodrilo enorme lo parta literalmente en dos de un mordisco. Descargamos un montón de balas sobre aquella bestia y, finalmente, conseguimos que suelte a nuestro compañero... pero el cuerpo está destrozado.
Empezamos a correr todo lo que podemos mientras a nuestro alrededor se desata el infierno. Las posiciones aliadas no deben estar ya demasiado lejos, pero los chasquidos, los gritos, los chapoteos y los disparos inundan el aire con una cacofonía enloquecedora.

Cuando por fin conseguimos salir del manglar, el recuento arroja una cifra de 880 desaparecidos a lo largo de 16 kilómetros de pantano.

La jornada del 19 de febrero en Ramree se convirtió en la mayor matanza de seres humanos llevada a cabo por animales hasta la fecha. La escena fue tan impactante que hasta el naturalista británico Bruce Wright escribió al respecto: "Esa noche fue la más horrible que cualquiera de la dotación de la ML [lanchón de desembarco de la infantería de marina] haya visto nunca. Entre el esporádico sonido de los disparos podían oirse los gritos de los hombres heridos, aplastados en las fauces de los enormes reptiles, y el vago, inquietante y alarmante sonido de de los cocodrilos girando creaba una cacofonía infernal que rara vez se ha igualado en la Tierra. Al amanecer llegaron los buitres para limpiar lo que los cocodrilos habían dejado... Del alrededor de 1000 soldados japoneses que entraron en los pantanos de Ramree, sólo unos 20 fueron encontrados con vida."
No obstante, debemos alegar "en defensa de los cocodrilos"  que los testimonios que han llegado a nuestros días respecto a lo que pasó frente a las costas birmanas provienen únicamente del bando inglés y que otras causas como los escorpiones, las serpientes o la simple falta de agua potable contribuyeron también a la enorme mortandad sufrida por el bando nipón.

miércoles, 10 de octubre de 2012

El parpadeo de Jeremiah Denton

Jeremiah Denton Jr., nacido en Alabama en el año 1.924, ocupó el cargo de senador en Estados Unidos entre 1.981 y 1.987, pero hoy no vamos a hablar de eso, ni siquiera vamos a hablar de las 21 condecoraciones que atesora, sino que vamos a dedicar unas líneas a saber cómo se ganó dichas medallas.

Jeremiah Denton Jr.
Nuestra historia comienza una calurosa tarde de julio de 1.965 en el marco de la Guerra de Vietnam. Denton, que por aquel entonces servía como comandante, viajaba a bordo de un avión junto con su copiloto, el teniente Bill Tschudy. La misión que les había sido encomendada debía dirigirles junto con varias aeronaves más, hasta la ciudad norvietnamita de Thanh Hoa, donde debían efectuar un bombardeo a gran escala para después volver a la base americana. El problema es que el avión en el que viajaban Denton y Tschudy fue derribado y ambos tripulantes fueron hechos prisioneros por el enemigo.
A partir de este momento,estos dos soldados empezaron una penosa peregrinación por varios campos de reclusión norvietnamitas que les llevó a aguantar ocho años de cautiverio forzoso en los que pasaron por campos tan emblemáticos como los de "Zoo", "Hanoi Hilton" o "Alcatraz", donde Denton se unió a una banda de prisioneros americanos que fomentaba la rebelión contre los captores. Esto, como era de esperar, no cayó demasiado bien entre los norvietnamitas, lo que le valió a Jeremiah pasar la mayor parte de su cautiverio encadenado en una celda sin ventanas de tres metros por uno.

Hasta aquí todo normal, la historia de Denton no difiere en demasía de la de cualquier otro prisionero de guerra americano en Vietnam... pero Jeremiah era un tipo listo y cuando, en 1.966, la televisión norvietnamita se decidió a hacer una farsa documental para mostrar al mundo lo bien que trataban a sus prisioneros, Denton no dudó en ofrecerse voluntario.
Ante la cámara y mientras hablaba con un entrevistador norvietnamita sin perder en ningún momento el hilo de la conversación, nuestro protagonista se las arregó para parpadear en morse varias veces la palabra "tortura" al tiempo que contaba al mundo lo bien que le había tratado sus captores, lo que supuso para los servicios de inteligencia estadounidenses la primera confirmación oficial de que las condiciones humanitarias en los campor de prisioneros de Vietnam del Norte eran de todo punto inaceptables.
Pese a que sus captores nunca fueron conscientes de lo que había pasado y exhibieron orgullosos el vídeo ante el mundo, esta temeridad le valió a Denton la promoción al rango de capitán mientras aún permanecía cautivo y el inicio de una larga serie de condecoraciones por su heroísmo como prisionero de guerra.

El vídeo de la entrevista realizada a Denton aún puede verse (por si alguien está interesado) en los archivos del gobierno norteamericano, concretamente en el apartado "Denton" de la sección "scenes from hell".

miércoles, 3 de octubre de 2012

La armada... ¿invencible?

Si bien la denominación de "invencible" fue posteriormente acuñada por los ingleses en una maniobra propagandística excepcional (no en vano la armada de Felipe II es conocida así en todo el mundo), el episodio que nos ocupa hoy habla de una aventura en el que las prisas se mezclaron con la incompetencia y la mala suerte en un cóctel que resultó mortalmente humillante para los españoles del siglo XVI.

Felipe II
La Grande y Felicísima Armada, pues este era el nombre que le dio Felipe II fue armada (valga la redundancia) a toda prisa con la intención de que fuera la llave para una operación anfibia que debía facilitar el desembarco en Inglaterra de los temidos tercios de Flandes. La misión de los 30.000 soldados de infantería comandados por Alejandro Farnesio consistiría a partir de ese momento en avanzar por tierra hasta el corazón del reino inglés y destronar por las malas a Isabel I, que ya se las traía tiesas con el monarca español desde hacía tiempo. Las crónicas hablas de una fabulosa flota formada por unos 127 barcos que sumaban un total de 2.431 cañones y que, además, estaban comandados por el mismísmo almirante de Castilla en persona; ¿qué podía salir mal? La respuesta es sencilla: todo.
Para empezar, Don Álvaro de Bazán, Duque de Santa Cruz y Almirante de Castilla, muere en Lisboa a los 61 años de edad dejando huérfano de padre el gran proyecto de la Armada. Ante este revés, Felipe II decide que el sustituto debe ser un Grande de España y escoge para la tarea a Alonso Pérez de Guzmán, Duque de Medina-Sidonia. El noble es perfectamente consciente de su incapacidad en  asuntos marineros y así se lo hace saber al rey mediante sendas cartas, pero Felipe ignora las misivas y ordena a de Guzmán que se persone en Lisboa para hacerse cargo del proyecto.
Con esta nula preparación y con la pericia marinera más que discutible del de Medina-Sidonia a cargo de todo, no es de extrañar que poco después de zarpar del puerto, las galernas dispersaran a la armada frente a las costas de La Coruña, lo que supuso un retraso de un mes hasta que se pudo reunir de nuevo a todas las naves. Por si esto fuera poco, el mal estado de la mar hizo que 40 barcos se separasen una vez más del grueso de la flota al alcanzar el Golfo de Vizcaya, lo que supuso un retraso de otros dos días y el anuncio a bombo y platillo de que una gran armada española se dirigía a las costas inglesas. 
A todo esto, los ingleses también estaban afectados por las tormentas y su flota permanecía amarrada en Plymouth, por lo que el segundo del de Guzmán propuso tomar al asalto las posiciones británicas y acabar con su flota mientras esta estuviera fondeada... pero el Duque de Medina-Sidonia antepuso la obediencia ciega al éxito de la misión y ordenó que se continuara la travesía hasta encontrarse con las tropas de Flandes.

Ruta de La Armada
A partir del 31 de julio de 1.588, viendo que la armada "invencible" avanza a ciegas, los buques de la flota inglesa empiezan a hostigar los flancos y  la retaguardia de la formación española. Las escaramuzas se suceden una tras otra sin causar pérdidas de consideración para ninguno de los dos bandos... hasta el 2 de agosto, día en el que la armada se encuentra en el Canal de la Mancha con una flota comandada por el celebérrimo Francis Drake. Ese día, los españoles se topan de frente con lo más granado del poder naval inglés, que les cierra el paso y descarga sobre ellos toda la fuerza de su artillería. La batalla es cruenta y salvaje hasta el punto de que Drake se ve obligado a enviar barcos en llamas para que colisionen con las naves españolas y las incendien, pero los marineros de la armada, lejos de arredrarse, contraatacan con furia llegando a poner en peligro la nave del mismísimo Drake, por lo que la flota inglesa se ve obligada a recular volviendo a puerto.
La sonrió a los españoles aque día otorgándoles la victoria, pero las bajas en el bando del de Medina-Sidonia fueron superiores a las británicas (300 muertos en la flota española por unos 200 en la inglesa), por lo que aquello fue más bien una victoria pírrica, una parada en el camino hacia Flandes para hacer saber a los ingleses que la armada española había llegado a sus islas.

En este punto de la historia, la Grande y Felicísima Armada había cruzado ya el Canal de la Mancha y el panorama se presentaba inmejorable, pero los elementos jugaron su baza una vez más haciendo que fuera imposible para la enorme flota española cualquier amago de amarre en los puertos flamencos, por lo que se optó por abortar la misión y volver a España "salvando los muebles". El problema es que el mal tiempo y los fuertes vientos se aliaron con Inglaterra obligando a los españoles a volver a casa rodeando las islas británicas en un rosario de naufragios a los que la flota inglesa asistía soltando carcajadas desde la seguridad de sus puertos.

jueves, 27 de septiembre de 2012

La masacre de Srebrenica

La historia de hoy transcurre en un pasado cercano, concretamente en la Guerra de los Balcanes. El contexto creado por el desmembramiento de la antigua Yugoslavia supuso un campo abonado para que los combatientes de ambos bandos cometieran un sinfín de venganzas personales que, con el tiempo, degeneró en una escalada de atrocidades culminada con la masacre de Srebrenica, el mayor genocidio europeo desde la II Guerra Mundial.

Srebrenica en la República Srpska
Nuestra historia comienza el 28 de febrero de 1.992 con la fundación de la República Srpska, una entidad independiente de mayoría serbobosnia cuyo territorio se extiende a lo largo de una franja que rodea Bosnia-Herzegovina separándola de Serbia, Montenegro y Croacia. El alto mando serbio acogió con regocijo la idea y recibió con los brazos abiertos a la nueva república con la idea de integrarla en la Gran Serbia, un "ente abstracto"  que debía agrupar a todos los serbios bajo un  mismo territorio... el problema era que Srpska se había escindido de Bosnia y, por lo tanto, existían en su territorio algunas zonas aisladas de mayoría bosníaca, es decir, musulmana. Si tenemos en cuenta que los serbios eran mayoritariamente ortodoxos y que las relaciones interconfesionales en la zona estaban "algo deterioradas" entre otras cosas por estar en guerra, ya la tenemos liada.
Con el sueño de la Gran Serbia en mente, el ejército de la recién creada República Srpska empieza a efectuar una minuciosa limpieza étnica. 
Las aldeas de mayoría bosníaca son arrasadas. En los pueblos en los que conviven representantes de ambas etnias, los propios habitantes son los que queman hasta los cimientos las casas de sus vecinos musulmanes no sin antes pegarle un tiro en la cara a toda la familia... si tenían suerte; si no, primero se producían violaciones en masa y luego se quemaba a la familia dentro de su propia casa. Los bosnios afincados en territorio serbio tuvieron que abandonar sus tierras en una huída desesperada que llevó a muchos de ellos hasta el último bastión bosníaco que quedaba en la República Srpska: Srebrenica.
El ejército serbobosnio entró en la ciudad a principios de 1.992 y, en contra de lo que se pudiera esperar, no cometieron "demasiadas" atrocidades, sino sólo algunas ejecuciones sumarias aisladas y unas pocas órdenes de deportación para civiles bosníacos. Aún así, el ejército de Bosnia-Herzagovina se rebotó y avanzó contra la ciudad tomándola en mayo de ese mismo año. Desde allí, las fuerzas bosnias se lanzaron a una ofensiva que culminó con la unión de Srebrenica a Zepa (territorio bosníaco) ampliando su dominio a un terreno de unos 900 kilómetros cuadrados.
Con todo y con eso, el ejército de la República Srpska se reorganizó bajo el mando del comandante Ratko Mladic y, meses después, inició una contraofensiva que redujo el área de influencia bosnia a unos 150 kilómetros cuadrados. Finalmente y cuando parecía que todo estaba a punto de estallar (otra vez) la ONU decidió tomar cartas en el asunto y se plantó en Srebrenica en marzo de 1.993.

Ratko Mladic
Por aquel entonces la población bosníaca de todo el área había huído hacia la ciudad sobrepoblándola peligrosamente hasta un número que oscilaba entre los 50.000 y los 60.000 habitantes. Viendo el percal, la ONU decidió evacuar a un par de cientos de civiles... pero el gobierno bosnio se opuso frontalmente a este plan porque lo consideraba una colaboración al plan serbio de limpieza étnica, así que la ONU tuvo que echar el freno y permitir la superpoblación declarando la ciudad de Srebrenica, eso sí, zona segura bajo el control de Naciones Unidas. El secretario general de la ONU avisó entonces de que serían necesarios unos 34.000 soldados para que aquello fuera una zona segura "como Dios manda", pero la comunidad internacional se negó en redondo y desplegó un contingente de 7.500 cascos azules autorizada para utilizar la fuerza en defensa propia pero no en defensa de los civiles a los que debían proteger, por lo que la declaración de zona segura se convirtió en un fiasco de dimensiones considerables dejando a la autoridad de Naciones Unidas en entredicho.

Durante los dos años siguientes la sitiuación en Srebrenica se fue deteriorando cada vez más. Los militares bosnios afincados en la ciudad no tuvieron más remedio que acatar las directrices de la ONU e iniciar el desarme mientras que los soldados de Srpska aprovechaban para rearmarse y estrechar cada vez más el cerco sobre la ciudad. A todo esto, el contingente destinado a proteger Srebrenica se fue reduciendo cada vez más hasta que, a principios de 1.995, sólo quedó en la ciudad el Dutchbat, un destacamento holandés formado por 600 cascos azules.
Viendo que la declaración de zona segura en Srebrenica era un cachondeo, el presidente de la República de Srpska ordenó a sus soldados que estrecharan aún más el cerco y que cortaran las vías de suministros que mantenían con vida a la ciudad. A partir de esta orden, Srebrenica se mantuvo en todo momento al borde de la catástrofe humanitaria: la comida escaseaba, las medicinas eran un bien de lujo e incluso el combustible estaba destinado para uso exclusivo de las patrullas de la Dutchbat... hasta que este también se agotó obligando a los soldados de Naciones Unidas a patrullar a pie y provocando que 200 de ellos fueran secuestrados por las fuerzas de Srpska en cuanto ponían un pie fuera del perímetro de seguridad.
El día 11 de julio de 1.995, la ciudad de Srebrenica caía tras un corto combate en manos de la República de Srpska. La población civil huyó tomando dos vías: los combatientes y hombres en edad militar huyeron a través del bosque en dirección a la población de Tuzla mientras que las mujeres, los niños y los ancianos se encaminaron hacia la fábrica de baterías de Potocari, donde los cascos azules tenían su sede.
La ONU se planteó iniciar un contraataque para liberar la ciudad, pero los de Srpska le hizo dar marcha atrás amenazando con bombardear la fábrica en la que tenía su base el Dutchbat y alrededor de la que se agolpaba ya una multitud de 25.000 refugiados.
Al día siguiente, el 12 de julio, Ratko Mladic, comandante en jefe de las tropas de Srpska se reunió con Thomas Karremans, máximo responsable del Dutchbat, en un hotel de la cercana localidad de Bratunac. Allí, Mladic le transmitió a Karremans y, por extensión, a la ONU un mensaje muy claro: en presencia degolló un cerdo mientras le decía al general holandés que cumpliera a rajatabla las órdenes del ejército de Srpska.

Base de Potocari
A partir de este momento empieza a desarrollarse en Srebrenica un teatro del absurdo que tiene por fin retransmitir en la televisión serbia la "intensa labor humanitaria" desarrollada por las tropas de Srpska. Mientras las cámaras filman como Mladic reparte caramelos y sonrisas entre los niños famélicos de la ciudad, los pocos hombres que habían conseguido refugiarse en Potocari eran separados de sus familias a la fuerza por soldados armados y ejecutados detrás de cualquier edificio. Mientras parte de la soldadesca de Srpska subía a las mujeres en autobuses que debían evacuarlas hacia zonas más seguras, otra parte se dedicaba a separar a otras mujeres de sus hijos y violarlas repetidas veces hasta que se convertían en guiñapos que ya sólo servían para recibir una bala en la nuca. Y mientras todo esto sucedía a su alrededor, el contingente holandés seguía la consigna de los tres monos: no ver, no oír, no hablar.

Mientras tanto, la columna que había partido en dirección a Tuzla no corría mucha mejor suerte. El viaje comprendía una distancia de 55 kilómetros en línea recta, pero estos debían recorrerse por un terreno montañoso extremadamente escarpado. Además, los 15.000 hombres que formaban la columna llevaban consigo tan sólo un poco de pan y azucar lo que, unido a la hambruna que ya habían pasado en la ciudad, hacía que sus piernas estuvieran débiles.
Entre los hombres que formaban la columna se encontraban los supervivientes del ejército bosnio que había tratado de defender la ciudad. Estos soldados se posicionaron en cabeza de la columna equipados con las mejores armas con las que pudieron hacerse y haciendo tareas de avanzadilla y protección de civiles... pero el hambre y la deshidratación no perdonan ni a los hombres mejor armados y cuando, al segundo día de marcha, se agotaron las provisiones, muchos enloquecieron lanzándose contra sus propios compañeros. A partir de este momento, la columna se convirtió en una especie de rebaño que paraba de vez en cuando para que sus componentes comieran hierba, la única forma que tenían de mantenerse con vida unas horas más.
En la mañana del 12 de julio, la columna sufrió un ataque con artillería pesada cuando cruzaba un camino de asfalto a la altura de la localidad de Kamenica y se separó quedando dos tercios de la misma en manos del ejército de Srpska que aprovechó la situación sin reparos y utilizó a los bosníacos en su beneficio obligándoles a gritar hacia los bosques falsas promesas de libertad para que sus familiares y amigos salieran al descubierto, donde eran inmediatamente fusilados.
Uno de estos episodios se produjo en la aldea de Sandici, donde los hombres de Mladic ordenaron a un bosnio cautivo que gritara en la dirección en la que se creía que estaban los restos de la columna. Un número de entre 200 y 300 hombres salieron de los bosques bajando al llano para responder a la llamada de su compatriota, pero los de Srpska los dispusieron en filas y los ametrallaron no sin antes separar a uno de ellos al que cortaron las orejas y sacaron un ojo para después enviarlo a los bosques a modo de advertencia.
Sólo un pequeño grupo de hombres consiguió llegar con vida a Tuzla (territorio bosnio), donde fueron recibidos por un contingente médico que se encargó de ellos administrándoles grandes cantidades de nutrientes y tranquilizantes.

Como siempre pasa en estos casos, los números son confusos: se estima que en torno a 8.000 personas murieron en la masacre de Srebrenica. La cifra de desaparecidos es, simplemente, incalculable.